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lunes, 22 de junio de 2015

La chica del cabello azul

La chica del cabello azul gusta mucho de caminar por la ciudad, cuando sale del trabajo (o de estudiar) no quiere que vaya a buscarla en mi vehículo. Prefiere que la encuentre a pie para luego ir juntos a perdernos de la mano por las atiborradas calles de la ciudad.

Siempre va con sus audífonos tipo vincha, escuchando desde Sui Generis hasta Raphael, le gusta usar coleta y a veces se ata todo el cabello en un moño encima de su cabeza, me encanta cómo le queda así.

A la chica del cabello azul no le gusta ver televisión, en su habitación este aparato se empolva y muere de olvido hace mucho tiempo. Ella prefiere venir a mi casa, tirarnos en el sofá y ver series por internet, esas series frikis que me gustan desde hace mucho y que ella adora. Podríamos pasarnos horas y horas sin darnos cuenta, mirando temporadas enteras de nuestros superhéroes favoritos.


Me gusta que le gusten mis libros (sí, incluyendo el de los poemas), su cuento preferido es “Tu pueblo también”. Me encanta verla leer los libros de mis amigos caramanducos. Siempre me pregunta cuándo saldrá la segunda parte de Zen Zergak, porque le gustó tanto la primera que no puede esperar mucho a leer el siguiente volumen.

La chica del cabello azul intenta hacerme enojar discutiéndome sobre el Señor de los Anillos y Star Wars, ella dice que prefiere mil veces más Star Wars, aunque yo intento hacerle ver que son dos cosas totalmente diferentes, y allí empiezan esas tontas discusiones que siempre terminamos apaciguándolas con un beso.

A ella le encanta jugar con mi gata, aunque mi Asuka no la quiere mucho, siempre la rasguña o la muerde, pero a ella no le importa. Ama los animales y está empecinada en ganarse el cariño de mi mascota

La chica del cabello azul usa zapatillas rojas, verdes y violetas, y a veces usa calcetines de diferentes colores, me encanta verla así, con sus lentes de hipster, su casaca jean de color verde y esos pantalones ajustados que le enmarcan su delgada figura.

Ella me mira y sonríe, abre su morral (ése que siempre usa y lo lleva a todas partes) y saca un cd pirata de Carla Morrison. Vamos a escucharlo -me dice- y nos tumbamos en el sofá a escuchar el disco entero sin decir una sola palabra.

A la chica del cabello azul le encanta decir "mierda". Creo que es su palabra favorita. Ya me acostumbré a eso. Podemos estar sentados en una vereda conversando y de pronto pasa una mamá con su pequeño hijo camino al colegio. "Vaya mierda de uniforme" dice ella sin el menor reparo. Sólo atino a reírme nerviosamente y mirar a la pobre madre con cara de "Discúlpela por favor"

Todas las mañanas se levanta muy temprano, antes que yo. Y me manda un whatasapp diciéndome "dame un beso cuando despiertes". Adoro ver esos mensajes al despertar. Y cada vez que nos encontramos, prefiere mil veces que le de un beso, antes de decirle "Hola".

La chica del cabello azul intenta aprender a tocar guitarra, pero no es su prioridad, lo hace cuando puede y le sobra tiempo, después claro, de haberme dado una paliza jugando Street Fighter, derrota que suelo revertir ganándola en Need For Speed.

Le encanta el karaoke, a veces cuando estamos aburridos ponemos youtube y buscamos algunas pistas para desgañitarnos cantando a viva voz y en mal inglés las primeras canciones que se nos pasen por la cabeza.

La chica del cabello azul llega a aburrirse del mundo pero no de mí. Y cuando se harta de todo suele cortarse el cabello y cambiárselo de color. Hace poco pasó por un problema familiar que la puso bastante melancólica, al otro día cuando fui a buscarla, se había cambiado el color a morado. No te lo quites nunca -le dije yo- es mi color favorito. -Te amo- respondió ella.



Hay tantas cosas que adoro de la chica del cabello azul (a veces violeta), que me gustaría que ella fuese real. Que de verdad esté esperando por mí en algún lugar y tiempo. Pero a veces me asusto al no encontrarla, porque me quedan tan pocos sitios por recorrer y muy poco tiempo para buscarla.

No la busques, ya llegará -me dijo alguien hace poco- Pero la idea de no encontrarla me aterra. Aún así esperaré pacientemente a conocerla, a encontrarme con ella de casualidad, a animarme a hablarle por facebook a media noche, a insistirle que regrese a esta ciudad, a rogarle que me elija a mí y no a su trabajo, a chocarme con ella entre la multitud de un centro comercial, a que me la presente algún amigo entre vinos de plazuela, a pedirle intentarlo una vez más a pesar de todo, en fin, tantas posibles variantes que el universo nos puede preparar para encontrarnos por primera vez.


O quién sabe, puede que sea quien comparta conmigo mi lecho esta noche, y tal vez al despertar, decida pintarse el cabello de color azul.

martes, 16 de junio de 2015

La partida de Dalma

Hola Dalma, supongo que a estas horas ya estás en el aeropuerto esperando el inminente viaje. Ya no tienes escapatoria, no hay nada que puedas hacer ahora. Sólo debes tragarte todos esos sentimientos y aceptar tu inevitable destino. 

Pero ¿sabes? A veces te contradices, la última vez que te vi me dijiste que no querías irte. Pero días antes me repetías incansablemente que esta ciudad te lo había quitado todo, y que no soportabas estar un minuto más aquí.

Tal vez en el fondo de tu ser albergas esa única verdad, que no quieres irte Dalma, pero ya estás allí en la sala de embarque, despierta de una vez, esto no es una película, nadie llegará corriendo en el último momento a pedirte que te quedes, ni siquiera yo, a pesar de todo, ni si quiera yo. 

Sólo me queda decirte que le pongas ánimo, reacciona de una vez, que te sirva de experiencia, intenta tal vez aprovechar al máximo todo lo que tu nuevo destino te pueda ofrecer, y quizás así puedas dejar de huir una y otra vez. Quién sabe, puede que hasta te termine gustando esa nueva ciudad e incluso puede hacerte olvidar todo lo malo que te ha sucedido hasta ahora.

Llevas sólo una mochila con tus pocos trapos y un peluche en la mano, crees que no necesitas nada más, puede que tengas razón. Cuando huyes te aferras a lo que tienes a mano, y ése peluche es lo único que te daba tranquilidad, ése estúpido peluche que te regalé hace ya tanto, hasta él debe estar odiándote por llevarlo contigo en este viaje, si él pudiera hablar te diría que te vayas sola, ni siquiera conmigo, a pesar de todo, ni siquiera conmigo.



No te sientas sola Dalma, al final, en algún lugar, debe haber alguien que piense en ti, pero no seré yo, a pesar de todo, no seré yo. Y no te preocupes por tus gatos, los dejas en mis manos, sabes que mejor persona para eso no puede haber. Así que deja ya de ser tan negativa Dalma, sonríe aunque sea para disimular, que si fuerzas una y otra vez muchas sonrisas, al final te terminaras acostumbrando a ellas. 

El negro lo llevas en la ropa, deja de llevarlo en el corazón. Escribe toda tu historia, plasma todo tu sufrimiento en hojas de papel, puede que así, en esa nueva fría ciudad, dejes algún día de sufrir. Puede que incluso, dejes de evitar esas lágrimas de tristeza y puedas soltar con libertad alguna lágrima de alegría. Te conozco, sé que quieres llorar siempre, que tu pena no te deja en paz, pero no eres capaz de expresarlo físicamente ni siquiera conmigo, a pesar de todo, ni siquiera conmigo.

Ya han pasado los minutos, en este momento debes estar subiendo al avión, deja ya de volver la mirada atrás, nadie va a llegar a despedirse y menos a impedir que te vayas. Sabes que te mereces esta soledad, tú buscaste este sufrimiento. Sabías que el dolor era inevitable y que el sufrimiento era opcional. Pero tú decidiste sufrir Dalma. Y ahora huyes por eso.



Con esto me despido, cuando leas esta carta ya habrá pasado mucho tiempo, puede que incluso hayas olvidado mi nombre, puede que hayas olvidado esta ciudad, y lo más probable es que todos se hayan olvidado de ti y ya no recuerden ni la forma de tu rostro, ni el color de tus ojos, ni el sonido de tu risa, ni el ondear de tu cabello. Todos lo habrán olvidado, incluso tú. Pero al final, solamente yo te seguiré recordando Dalma, a pesar de todo, solamente yo.

lunes, 25 de mayo de 2015

El día que apagaron la luz

Bien sabido es entre quienes me conocen que Charly García es uno de mis cantantes favoritos, por no decir el que más. Sus letras y melodías me parecen geniales, excepcionales. Muchas de sus canciones han calado tanto en mí que sería imposible dejar de escucharlas. Hoy quiero hablarles de la canción que le da el título a este artículo.

Esta canción pertenece al disco "Sinfonía para adolescentes" de Sui Generis. Para quienes no sepan Sui Generis es el dúo musical compuesto por Charly García y Nito Mestre. Este disco fue el último que sacaron allá por el año 2000. Recomiendo a quienes tengan la oportunidad, escuchar este disco completo, con audífonos (de los grandes) y sin interrupciones. Es todo un viaje.

Debo resaltar que ésta no es mi canción favorita de Charly. La que se lleva el primer lugar (según yo) es otra, y no sólo es mi favorita de él, sino además, mi canción predilecta sobre todas las demás sobre la faz de la tierra. Pero hoy no hablaremos de ella. Hoy quiero hablar de "El día que apagaron la luz".



Fue que estando dormido, hace muchos años (quince en realidad), escuché por primera vez esta canción entre sueños (o tal vez pesadillas). Aún recuerdo las notas musicales despedidas del piano. Cada vez que Charly movía sus manos, demonios ancestrales huían de las teclas blancas y negras, carcomiendo así mi cabeza con incesantes desgarros de locura y sonidos que explotaban en mi imaginación. 

Y su voz, que como un mantra se repetía en mi mente una y otra, y otra vez: "Llegará el día en que estemos juntos, haciendo todo para este mundo, paralizando la Tierra el día que apagaron la luz". 

Al despertar la canción se había hecho uno conmigo, ya era parte de mí. Aún hoy ese coro se repite incesante en mis pensamientos. 

Algunas veces me imagino cantando esta canción en un concierto (déjenme imaginar, que es gratis) a un público que no tiene ni idea de Sui Generis o Chary García, sólo para ver cómo se terminarían emocionando con la melodía y la letra.

Así que hoy comparto la canción (con letra incluida), sólo porque sí, porque a veces sólo una melodía basta para dibujar una sonrisa, o al menos fingirla.




En estos días que están pasando
yo sé muy bien que me estás buscando
quieres saber lo que hicimos
el día que apagaron la luz

Con esta música que hay ahora
entiendo por que estás tan sola
paralizando la tierra
el día que apagaron la luz.

No podes ver que ya me perteneces
yo quiero ver casi todo lo que haces
por eso, vida.

Llegará el día en que estemos juntos
haciendo todo para este mundo
paralizando la tierra
el día que apagaron la luz

No podes ver que ya me perteneces
yo puedo ver casi todo lo que haces
por eso, vida

Ya llegó el día en que estemos juntos
haciendo todo a pesar del mundo
paralizando la tierra
el día que apagaron la luz

Paralizando la tierra
el día que apagaron la luz
paralizando la tierra
el día que apagaron la luz
el día que apagaron la luz.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Una bonita historia de amor

Tengo una pareja de amigos que son de esas parejas que puede que estén en una relación amorosa o no, de esas que cuando se los preguntan, sólo sonríen y se miran de forma cómplice. Bueno, ella hace poco se fue a Lima por un tema laboral, pero era un viaje corto. Vi en Facebook que había publicado que estaba en el terminal de buses a punto de viajar.

A partir de allí empecé a imaginar toda una historia entre él y ella. Claro que, para no generar discordias o malos entendidos, cambiaré sus nombres (aunque jamás lean este blog).

Y dice así:

Priscilla espera en el terminal impacientemente a que Elvis se haga presente y se abra paso ante la asfixiante multitud. Pero por el altavoz ya están llamando a los últimos pasajeros y aún no hay señales de que el esperado personaje aparezca.
  
Ya no hay más tiempo, Priscilla debe abordar el bus que la llevará a la capital para emprender una nueva vida y tal vez así, olvidarlo. O tener la remota esperanza de que él llegue alguna vez a esa fría ciudad y decida acompañarla en esta aventura de una vida nueva.

Pero él no llega, Priscilla aborda el bus, es la última en subir. Una lágrima de desconsuelo se asoma tímida y recorre su rostro.  El vehículo inicia su marcha y entre la multitud no hay indicios de Elvis.






Ella se resigna a perder la esperanza de verlo por última vez. De pronto, como si los dioses la hubieran escuchado, se oye el tronar de una potente moto acelerando a toda velocidad. No puede creerlo, es su amigo Paul quien conduce y de pasajero va él, aquel ser a quien tanto deseaba ver en el terminal de buses para verlo frente a frente por última vez y haberle podido decir adiós.

Allí está Elvis, de pasajero en la moto de su compañero Paul, conduciendo tras el bus para intentar detenerlo, pero sus esfuerzos son inútiles. Parece que el chofer del bus se ha percatado de la situación y por más que Priscilla le suplica que pare, el chofer se ríe a carcajadas y no hace otra cosa que acelerar más y más.

 Elvis le enseña a lo lejos un ramo de rosas que llevaba para ella, pero debido a la velocidad, las flores empiezan a volarse y lo que fue un hermoso ramo de rosas, ahora es sólo un montón de hojas y flores maltrechas.



A Paul se le ocurre una idea, es algo demencial, pero no tienen otra alternativa si quieren detener ese bus y que Elvis le confiese a Priscilla todo lo que ha guardado su temeroso corazón.

Paul acelera al máximo, parece que el motor de la moto va a explotar en cualquier momento. Con una temeraria habilidad logra esquivar todos los carros y alcanzar al bus, acelera aún más y logra ponerse al lado del gran vehículo, su objetivo es sobrepasarlo y ponerse delante de él para luego poco a poco ir frenando, por lo que el bus también tendría que parar.
  
Pero el destino es cruel y los dioses disfrutan jugando con nuestra suerte. La llanta trasera de la moto de Paul no puede más y se revienta. A esa endiablada velocidad la moto cae estrepitosamente al suelo y se desliza debajo del bus, incluyendo también a sus dos ocupantes.

Se escucha el tronar de la carne aplastada por las llantas del bus, y al conductor no le queda otra que frenar en seco. El llanto de Priscilla es desconsolador. Ella baja del bus y se da cuenta de que la moto está hecha un amasijo de  metales retorcidos.  Paul murió en el acto.

 De pronto una voz muy débil la llama, es Elvis, que en un esfuerzo sobrehumano intenta decirle algo. Priscilla no puede soportarlo más, su amado está a punto de morir delante de ella y en sus brazos. Elvis saca una pequeña cajita de su bolsillo y se la entrega a Priscilla. Le dice: -Debí haberte dado esto hace mucho tiempo, espero que puedas perdonarme. En realidad, siempre te amé-

 Elvis da un último suspiro y cierra los ojos, la fría muerte ha llegado a recogerlo. Priscilla tiene el corazón destrozado. Guarda la pequeña cajita que le regaló Elvis y no se atreve a abrirla. No al menos hasta que el corazón logre sanar este cruel episodio.
  
***

 Pasan los años y Priscilla no ha podido olvidar a Elvis. Ha recorrido el país intentando buscar su lugar, pero es inútil, casi todo le recuerda a él.
  
Una noche no puede más, ahogándose en alcohol sube a la azotea del hotel donde hace dos noches duerme, en una ciudad que ya ni recuerda el nombre. Observa las calles atiborradas de gente y los autos pasar a toda velocidad. Entonces saca de su bolso aquella cajita que Elvis le regaló el día que la muerte lo hizo suyo.

Priscilla abre la caja, observa el pequeño objeto que lleva dentro y se lo pone. No lo piensa dos veces y salta al vacío. Y mientras su cuerpo se acerca más y más al piso, su mente sólo es ocupada por el rostro de Elvis.




 La multitud asustada se reúne alrededor  del cuerpo  inerte de Priscilla, la sangre empieza a manchar todo el pavimento. Pero en su mano, un pequeño objeto hace contraste con toda la oscuridad y sangre. Un anillo de bodas reluce resplandeciente bajo la luz de la luna llena.

domingo, 10 de mayo de 2015

A Dalma le mordieron el labio

Sí, yo me di cuenta. La vi de lejos y no pude evitar fijarme en una pequeña mancha violeta en su labio. Nunca me había percatado, pero haciendo memoria, tiene esa pequeña mancha desde que la conozco.

Le pregunté el origen de esa mancha, pero sus evasivas me dejaron pensando. No pudo haber sido la gallina que la atacó cuando niña porque de esa pelea ya tiene otra cicatriz. Y aunque Dalma suele ser muy despistada al caminar y muy seguido se choca con los letreros en la vía pública, tampoco pudo haber sido un golpe así. Esos moretones no duran tanto.

No, Dalma esconde un secreto, y yo sé cuál es. Al menos puedo deducirlo. Esa mancha se remonta al año 2008, cuando ella tenía catorce años.

Ya me había contado la historia de su primer amor, el primer enamorado que tuvo y con el cual terminaron muy mal. Era el año 2008 y ella estaba en secundaria. Él era seis años mayor, ya había tenido muchas novias antes y ninguna le había durado tanto. Pero para él, Dalma era diferente, era la primera chica con la que había llegado al tiempo récord de nueve meses.

Ella estaba totalmente enamorada, le habían gustado algunos chicos antes, pero él era especial, por él sentía amor de verdad, ése amor adolescente que corre por tu torrente sanguíneo y hace que cada poro de tu piel se dilate cuando te encuentras con esa persona especial, que a esa edad, crees que estará a tu lado para siempre. Ése amor que suele originarse cuando un primer beso es casi perfecto.



Era evidente que en esa relación quien quería más era ella. Ella sentía amor, él sólo cariño, un cariño especial que poco a poco empezó a menguar. A veces caminaban de la mano pero él la soltaba cuando veía pasar alguna chica muy simpática. Ella se daba cuenta pero lo pasaba por alto. No quería causarle problemas ni iniciar una pelea.

Ya ni llegaba a recogerla al colegio, sus encuentros empezaron a ser más infrecuentes, al punto que a veces podían pasar una semana sin verse. Ella lo extrañaba en silencio, lloraba en silencio su ausencia. Mordía su labio cada vez que una lágrima se asomaba por culpa de él. Y fueron muchas lágrimas. Tanto así que una pequeña cicatriz empezó a dibujarse en su labio. Dalma no se había dado cuenta de esta pequeña marca, pero las demás personas sí. Ella sólo ignoraba las preguntas de la gente cuando querían saber por qué se mordía tanto el labio.

Una noche no pudo más, la soledad la afligía demasiado y decidió ir a buscarlo a su casa, pese a que él le había prácticamente ordenado que jamás fuera a su casa porque sus padres no aprobarían que su enamorada fuera una chica tan joven. Pero al llegar a su casa se dio cuenta del verdadero motivo. Lo encontró besando a otra, aquella era una mujer mayor que Dalma, con el cuerpo ya moldeado en su máximo apogeo, maquillada, bien arreglada, con una cartera de cuero y unos aretes que brillaban desde lejos. Dalma era una chiquilla a su lado. Él la miró de lejos e hizo entrar a su acompañante dentro de la casa.

Dalma esperó en la acera y él salió a verla. Ella casi ni podía hablar por el llanto que inevitablemente había comenzado. Pero él, al menos esta vez, fue sincero. Le dijo que hacía ya tiempo que estaba en otra relación, que esta otra chica lo complementaba más y que con ella hacía más cosas que sólo salir a conversar y comer helados.

Dalma estaba destrozada, el amor de su vida la estaba dejando, y no había marcha atrás. Su corazón estaba partiéndose en dos pero un atisbo de conciencia le decía que  al final sería lo mejor.

Fue aquí que Dalma le pidió una última cosa, un último beso para despedirse, a lo que él aceptó. Pero en ese momento justo del beso, el amor que sentía por él se transformó en furia y lo que empezó como un tierno juntar de labios, se tornó en algo salvaje. El odio de ella despertó y se manifestó en una brusca mordida que aprisionaba más y más el labio de su (ex) pareja. Él no pudo aguantar el dolor y en un reflejo por apartarse también mordió el labio de Dalma, justo donde ella se mordía cada vez que lloraba por él. Fue una mordida rápida, brusca y profunda, un hilo de sangre brotó entre los dos y al fin se soltaron.

-No regreses nunca- le dijo él. Ella, tapándose la boca sólo lo miró con odio, se dio media vuelta y desde entonces su corazón se apagó. Desde esa noche la mancha de color violeta quedó tatuada en su labio, para recordarle el crudo episodio de la traición del primer amor.




Pasaron los años, y aunque Dalma tuvo alguno que otro enamorado más, nunca los quiso como al primero, aquél que despertó tantos sentimientos de amor y odio a la vez. Aquel que fue el causante de esa mancha color violeta que hoy en día se ve reflejada en sus labios y que seguro desaparecerá el día en que por fin, logre olvidarlo.

jueves, 23 de abril de 2015

El sofá que mató la calma

Tu sofá es un santuario. Es donde duendes y almas llegan a reposar para seguir caminando después. Tu sofá nos pertenece, nos hace viajar, nos transporta a lugares donde el cielo lo podemos ver desde arriba. 

Tu sofá nos arroja a profundidades de abismos oscuros y nos aprisiona. Nos encarcela obligándonos a abrazar nuestros cuerpos e intentar darnos vida con los labios.

Tu sofá crea mundos, miles de historias podrían escribirse allí. Libros enteros podrían intentar cubrirlo y no lo lograrían, tu sofá tiene más letras que muchos de los textos sagrados que inundan el planeta.

Tu sofá es a donde vienen a morir las brujas y santos que temen hablar de besos, hechizos y caricias. Aquí los esperamos, con la piel expuesta como un lienzo en blanco, tratando de ser uno otra vez, sin temor a que nos vean, viajando hasta los confines del espacio, sin gravedad, en tu sofá.



No me pidas que me levante, déjame seguir aquí, morir aquí. Déjame volver a nacer dentro de ti, déjame naufragar en el oasis de tu cuerpo, en el desierto de tu sofá.

Quiero quemar la ciudad desde sus cimientos y no parar hasta que sólo queden escombros, y que un diluvio inunde los restos de la civilización para que al final quedemos sólo tú y yo, navegando en ese sofá.


lunes, 23 de marzo de 2015

Érase una pesca, un concierto con strepper y una rubia asustada

¡Buenos días a todos! 

          Paso después de varios días por acá, al igual que mis compañeros que deben estar piteando y por eso siento un zumbido en mis oídos. O también puede ser mi consciencia que me hace sentir culpable por mi escasa participación en las últimas dos semanas.
Pero bueno ya estoy aquí, trayendo un nuevo post para esta semana, para este post no traigo la breve reseña de un viaje, no suelo hacerlo tanto como quisiera. Sé que querer es poder, lástima que mis poderes no cubren el coste de pasajes y estadía en hoteles, sin mencionar las comidas y el tiempo que dejo de generar ingresos, por generar gastos. Me vuelvo a desviar del tema, así que querido diario vengo a comentarte una pesadilla que tuve hace dos o tres noches.
Aquella noche como siempre, después de la jornada laboral, procedí a quitar el sudor y olor con el que el verano adorna mi cuerpo todos los días, para retirarme a mi cuarto a escribir unas cuantas cosas, leer algunos blogs y checar Facebook and Twitter. No tarde en caer presa del escozor de unos ojos arenosos, supongo que sandman estaba acosando detrás de ventanas oculares reclamándome a su mundo. Así que como de costumbre busque una de mis series españolas favoritas y procedí a la reproducción de uno de sus videos, para que me arrullara en la búsqueda de un sueño agradable.
Fue uno de esos sueños múltiples o sueños segmentados, como una obra que se presenta en distintos actos pero que no suele guardar demasiada relación con su predecesor o antecesor. Estaba a orillas de un lago pescando con mi hermano, cosa rara ya que de entrada mi hermano y yo no tenemos ni puta idea de pescar. Sin mencionar que nuestra definición de pescado es lo que encontramos en el mercado o lo que madre trae ya del mercado. El caso es que mi hermano estábamos ahí, conversando de alguna tontería mientras esperábamos algún tirón del cordel que nos indicara que habíamos tenido suerte.


Justo en ese momento de risa fraternal, fue cuando todo pasó. Una corazonada invadió mi ser y me indico que mi hermano y yo debíamos salir de ahí cagando leches, algo muy gordo estaba por ocurrir y estábamos en el lugar correcto para mandarnos a la mierda. Mi hermano entre risas no presto mucha atención, pese a que me puse de pie de forma sorpresiva y con los ojos como platos.
El día no tardó en darme la razón,  la tierra se empezó a sacudir y ondas se dibujaron en el lago, que parecían querer alzarse imposiblemente sobre su pequeño espacio. Armando, mi hermano, no tardo en ponerse de pie y junto a mí emprendió la carrera lejos de aquel lugar, pero no fuimos demasiado veloces.
Tan pronto como empezamos a correr algo exploto bajo las aguas, desencadenando una serie de eventos que ninguno de los esperaba.  Una fisura tan ancha como un cilindro se empezó a abrir en el suelo accidentando, creciendo en dirección a nuestros no muy veloces pies. Pero nuestras esperanzas de salvación se terminaron de romper justo cuando un árbol se derrumbó sobre su sitio, bloqueando nuestro avance, e inmediatamente cuando corríamos para rodearlos, el suelo bajo mis pies desapareció.
Armando pudo saltar asustado, cayendo sobre el árbol que se mantenía como una isla sobre la fisura, gracias a su gran longitud. Pero yo caía y caía en la oscuridad, en un grito que no termino de brotar de mis labios y justo cuando pensaba que iba a golpear el oscuro fondo, abrí los ojos.
Me vi rodeado de gente y estaba en un recinto más grande del que hubiera visto en mucho tiempo, la luz del sol nos bañaba a todos. Noté la algarabía de la gente que me rodeaba las sonrisas de hombres y mujeres, como en una especie de concierto de música electrónica, y de algo así se trataba pues el sonido fue lo que llego después. La gente más próxima a mi sitio me tocaba la espalda animosamente, mientras las chicas se reían según los chascarrillos que soltaba el animador de la fiesta.
Entonces fue cuando solicitaron desde la tarima un hombre del público, miles de manos parecieron golpear mi espalda empujándome hacía adelante. Y la emoción se desencadeno en jalones que terminaron por ponerme justo en las escaleras que subían al escenario, para instantes siguientes estar al lado de un animador español. Fue entonces cuando caí que estaba en España, pero mientras mi cerebro procesaba la información que recibía, sin prestar atención a lo que decía el ocurrente animador.
-Y con ustedes Amador Rivas y su Mandanga Style – anuncio y miles de voces vitorearon eufóricas.
El sonido de una parodia del Gangnam Style empezó a vibrar en los gigantescos parlantes. Un tipo con un aire a Bardem apareció en el escenario y contrariamente a su típico baile estúpido, empezó a bailarme a mi mientras se desnudaba, mismo strepper, mientras mis ganas de salir corriendo de aquel lugar aumentaban, menos prendas tenía aquel sujeto, y cuando pensé que lo peor se acercaba todo acabo con un aplauso, para continuar en una despedida general del anunciador, que gritaba que era el final de evento. Baje del escenario conmocionado por lo sucedido, deseando que ninguno de mis amigos hubiera visto aquello, cuando el grupo que me rodeaba minutos antes se acercó a mí.
De entre ellos una rubia se arrojó hacia mí, enredando sus brazos en mi cuello mientras plantaba unos labios carnosos sobre los míos, dándome un apasionado beso que concluyo en risillas por el show en el que me habían metido minutos antes. Yo no entendía muy bien aquello, estaba seguro de que en mi vida había visto a esos jóvenes, y mucho menos a aquella rubia de labios tentadores y unos ojos que te paralizaban.



-Vamos, cari – dijo la muchacha juguetonamente, mientras me arrastraba a las puertas de salida de aquel recinto.
El resto del grupo desapareció en cuanto ella y yo llegamos a las calles, una serpenteante red de veredas y asfalto surgió ante mí, lleno de escaparates que nunca había visto, al menos no en mi ciudad. La rubia se colgaba de mi brazo, y cuando desvié por un momento mis ojos de su rubia melena caí en una nueva sorpresa, como si tuviera pocas. Otro hombre me miraba desde mi reflejo en los escaparates.
Exactamente, no era yo, era un tipo demasiado distinto, un par de palmos más altos y más delgado. Dos esmeraldas reemplazaban mis habituales ojos marrones, y unas facciones bajo las cuales mi padre se hubiera planteado dudas sobre la paternidad, y hasta yo. Mientras el asombro seguía devorando mis sesos, el paisaje se desfiguro, los edificios empezaron a envejecer, hasta desaparecer y un nuevo paisaje empezó a crearse ante cada nuevo paso que dábamos.
La rubia parecía un poco sorprendida al igual que yo, aunque tal vez no por la misma cantidad de sorpresas, mientras que el paisaje terminaba de plantarse frente a nosotros. Un árbol rodeado de un charco de agua sucia, mientras miles de ramas amontonadas montaban pequeñas montañas alrededor de todo, justo sobre eso estábamos parado. La chica de cabello dorada recogió una de las ramas que era tan gruesa como su brazo y formulo la pregunta ante aquella rareza.
-Dicen que esté es el sitio al que apuntan todos los demonios de nombre Gabriel – dije, con voz reverberante, una voz tan impropia de mí y, por los ojos como platos de la muchacha, del cuerpo que ahora ocupaba -. Este es nuestro pequeño infierno, nuestra casa y nuestro último recinto y todas las almas que se reúnan en nuestras redes perecerán.
El miedo subió por mi garganta, y podía ver el mismo sentimiento reflejado en los hermosos ojos de la muchacha que parecía congelarse en su sitio, incapaz de huir, Mi voz seguía distorsionándose pronunciando palabras oscuras que jamás me imagine, mientras intentaba llevar mis manos hacia mi boca, pero mis manos apuntaban hacía la chica. Y justo cuando más miedo sentía desperté.

Lo edite un poco, como a muchos a mí los sueños me empiezan a desaparecer de la memoria poco después de despierto, pero es casi un 90% fiel de la pesadilla original. Bueno ahora me despido y les deseo un gran fin de semana a todos.

viernes, 20 de marzo de 2015

La muchacha de ojos de papel

La última vez que vi a la muchacha de ojos de papel fue en la ciudad de Bilbao, afuera del Guggenheim. Ella había ido al concierto de su grupo favorito. Y desde muy temprano, ilusionada, daba vueltas cerca a las puertas del recinto para poder entrar y disfrutar de la música de los Arcade Fire. Yo la miraba de lejos mientras ella paseaba por el museo y sus exteriores, temía acercarme demasiado.


La lluvia despertó y empezó a humedecer lenta pero incansablemente toda la ciudad, el agua corría fuerte sobre la avenida principal. Así que la muchacha de ojos de papel, con sus pequeños pies corrió por las calles para refugiarse en un restaurant de comida china hasta que pase el aguacero y el viento cesara su furia, además, ya estando allí, aprovechar para almorzar. Yo la miraba desde la acera del frente, a través de la ventana, no me importaba abrazar la lluvia con tal de seguir observándola.






Afuera, la ciudad la esperaba paciente, y poco a poco el sol se escapaba por las ventanas. De un momento a otro se apagó la lluvia y la muchacha de ojos de papel, con su piel de crayola caminó sigilosa hasta perderse entre la multitud para esperar la hora en que diera inicio el concierto. 

Las puertas del recinto se abrieron y entre tanta gente pude acercarme más a ella, incluso pude rozar sus dedos de lavanda. Ella, emocionada se impacientaba por la hora a la que la música en vivo comenzara a sonar, incluso pude oír cómo se aceleraban los latidos de su corazón de tiza.

La muchacha de ojos de papel se había ubicado en primera fila, a escasos centímetros del escenario. Pude al fin ponerme a su lado. Allí entre el gentío su vestido rosa sobresalía entre las demás almas, ese color que merecía ser robado por lo bien que entallaba sus pechos de miel.

La última vez que vi a la muchacha de ojos de papel, ella bailaba y saltaba emocionada cuando su grupo favorito empezó a tocar. Nunca la había visto tan alegre. Entonaba las canciones tan fuerte que su voz de gorrión llegaba a mis oídos con más intensidad que la de los mismos Arcade Fire.

En cada canción ella brillaba más y más, era un sol que iluminaba todo el lugar, yo era un eclipse a su lado. Sólo podía observarla. Disfrutaba más de la energía que ella transmitía que del propio grupo musical que tenía en frente mío. Por un momento me sentí feliz. Así, las canciones venían como oleajes, una tras otra sin parar. Hasta que de sorpresa, cantaron su canción preferida.

La última vez que vi a la muchacha, en el concierto sonó “Crown of love”. De sus ojos de papel cayeron lágrimas y humedecieron el lienzo de su rostro. Sólo en ese instante ella me miró. Supe entonces que no la volvería a ver, llevaba un “adiós” escrito en sus párpados. De esa melodía surgió una bruma melancólicamente azul que nos envolvió y nos llevó a espacios muy lejanos, hasta hoy.

Acabado el concierto me perdí, la perdí de vista, la busqué entre los rostros desconocidos de la multitud pero ya no pude alcanzarla, y me quedé solo, perdido entre las calles de una ciudad que no conocía. No pude volver a encontrarla.



Fue hace tanto que no he vuelto a ver a la muchacha de ojos de papel que a veces olvido su mirada, pero suena esa última canción, y otra vez su rostro se dibuja en mis recuerdos.