miércoles, 31 de julio de 2024

No debí escuchar esto de madrugada


Everywhere at the End of Time es una serie de álbumes musicales creada por el músico inglés James Leyland Kirby bajo su seudónimo “The Caretaker”. Cada álbum refleja cómo se siente vivir con Alzheimer o algún tipo de demencia. A través de 6 horas, el compositor nos lleva por 6 etapas de la enfermedad. En cada una de ellas la música parece desintegrarse, perdiendo toda lógica. Es como si estuvieras en un laberinto mental, tratando de recordar cosas que se desvanecen entre las tinieblas.

Por allí leí que fue un reto viral en internet escuchar los 6 álbumes seguidos. Imagino que debe resultar desafiante pero me parece que no era la idea original del compositor. Kirby, de hecho, declaró que sería bueno, al margen del reto, que los jóvenes sientan más empatía por quienes padecen del mal de Alzheimer.

En ese sentido, creo que Everywhere at the End of Time cumple su cometido. Es perturbador pero también conmovedor. La pista final del último álbum (Place in the World fades away) Termina con una versión coral de una antigua canción. Algunos dicen que representa un breve momento de lucidez antes de la muerte.

En fin, no lo escuches si estás deprimido. 

domingo, 28 de julio de 2024

No puedo dormir y no es por falta de voluntad

Tengo serios problemas para dormir y he intentado de todo para superarlos. Antes de entrar en la habitación dejo de ver pantallas al menos media hora, me doy un baño caliente, hago estiramientos, escucho música relajante… Sin embargo, cuando me acuesto, no concilio el sueño. Estoy tres, cuatro o cinco horas mirando el techo, refregándome los ojos, pensando que va a amanecer, que los vecinos saldrán apresurados al trabajo, que los niños llorarán porque no quieren ir al colegio, que el ascensor resonará de arriba a abajo durante horas y que, en fin, todo el mundo se despertará de la forma más ruidosa posible.

En mi mesa de noche guardo un antifaz para dormir y dos tapones para los oídos. Dejé de usarlos porque el antifaz me da comezón en los ojos y los tapones, al bloquear los ruidos externos, me dejan a solas con el sonido de mi pulso y mi respiración; lo que me trae más ansiedad y, en consecuencia, dificulta más conciliar el sueño.

Durmiendo en cuarentena.

Estos problemas empeoran cuando tengo compromisos, por ejemplo: cuando tengo que hacer un trámite por la mañana, realizar una tarea pendiente o ver a alguien en el transcurso del día. Cualquier urgencia, por más tonta que parezca, genera una paradoja: la premura por dormir atenta contra la necesidad misma. Mientras más me esfuerzo, peor duermo.

Me río de la gente que dice que tiene pesadillas y se levanta alterada. Yo quisiera dormir lo suficientemente profundo para tener aquellas pesadillas. Al menos así, superado el mal sueño, me quedaría el descanso reparador y no esta perenne sensación de desrealidad, náusea y dolor de cabeza que me acompaña constantemente, día tras día.

Lo más triste del caso es que nadie va a entender qué jodido es el insomnio a menos que lo viva en carne propia. Y dado que no lo entienden, comparten consejos capacitistas como: “Pon tu mente en blanco”, “Relájate”, “cierra los ojos y cuenta hasta 100”. Como si el sueño fuese un interruptor con el que… “¡plin!” ahora estás despierto y “¡plin!” ahora estás dormido y lo único que hace falta es fuerza de voluntad. Caray, como si no me esforzara día tras día, durante los últimos 15 años, al menos.

He ido a diferentes profesionales con mi caso y la conclusión general es que debo tomar medicamentos para dormir. De hecho, la última vez que hablé con un psiquiatra prácticamente me automediqué. Mi diagnóstico es claro: Tengo trastorno de ansiedad generalizada; lo que al principio me llevó a tomar un cóctel de ansiolíticos, antidepresivos y antipsicóticos. De todas esas mierdas lo único que realmente me ayuda es clonazepam.

Así da gusto.

Tomar clonazepam hace que mi vida vuelva a ser color de rosa y me devuelve un optimismo que por poco me hace creer que el universo conspira a mi favor. Duermo profundo. Duermo bien. Y me levanto productivo, inspirado, con ganas de socializar. Sin embargo, el medicamento me trae tres problemas. El primero es obtenerlo, lo cual no es sencillo porque necesito una receta médica y por tanto pagar a un psiquiatra que la emita. Lo segundo es que el clonazepam, como todas las benzodiacepinas, causa tolerancia. Así que ya no puedo, por ejemplo, empezar con 0.25mg, debo tomar a partir de 1 o 2mg para estar a tono. El tercer problema es la dependencia. Pasado un tiempo debo ir retirando el medicamento. Sé cómo hacerlo, pero no es fácil porque tras varios meses de uso, me deja un síndrome de abstinencia; que es, básicamente, una o dos semanas de depresión severa, irritabilidad y… por supuesto… el retorno de la ansiedad y las malas noches.

Para resumir el clonazepam es una mierda y no cura nada. Sin embargo, me da un respiro, me devuelve por algunos meses ese gusto por la vida que deben compartir quienes tienen el privilegio de dormir de corrido y profundo 8 horas diarias. Me hace escapar, temporalmente, de aquella “lucidez vertiginosa”, como describía Emile Cioran al insomnio, que convierte el paraíso en un lugar de tortura.

lunes, 1 de julio de 2024

Cuando el fracaso es inminente

Acabo de cancelar mi suscripción a Netflix. Netflix era el último bastión que me permitía seguir proclamando cierta comodidad económica. Pero lo cierto es que aquella se ha ido extinguiendo de a pocos. Primero, ya no me era posible comprar ropa todas las temporadas, viajar al extranjero con Paty, pagar una invitación en el bar más caro de la ciudad; después, ya no podía cortarme el pelo todos los meses, comprar café en grano, pagar mis terapias, adquirir una pila para el reloj de la sala. Hoy todo me parece caro: el transporte público me parece caro, la cerveza me parece cara, la comida fuera de casa me parece cara... la vida en general me parece cara.


Podría buscar culpables. Decir, por ejemplo, "la culpa la tiene Milei". Pero eso sería moralmente deshonesto. Cierto es que la Argentina está pasando por un periodo de necesaria restructuración económica, pero el problema real es que yo estoy ganando mucho menos que hace 4 años, cuando fui a juicio a reclamar la custodia de mi hermana. Me acuerdo de ese momento porque entonces le dije a la jueza, con papel en mano, que mi ingreso mensual era 5 veces el sueldo mínimo de Perú. Hoy, sin embargo, no llego a uno solo. ¿Debería esforzarme más?


Byung-Chul Han en "La sociedad del cansancio" afirma que vivimos en un mundo de personas agotadas. La sociedad está cansada porque practica la retórica del rendimiento; se vive para trabajar, se trabaja para vivir. En ese discurso las frases recurrentes son: "duerme poco, sueña mucho", "ama lo que haces", "sé tu mejor versión", entre otras. El estatus de hoy es presumirse a sí mismo como un sujeto de rendimiento; como alguien fuerte, que duerme 4 horas diarias, que es multitasking y que "resuelve". Esta idea se superpone a la sociedad disciplinaria de Foucault. Foucault decía que para mantener el orden público la sociedad ya no necesita tanto de la coacción, sino de la disuasión a través de agentes del orden. Han dice que ahora no hace falta eso: el control ahora lo asumen los mismos individuos; dejando atrás ser una sociedad de vigilancia para convertirse en una sociedad de rendimiento; donde el control no se da a través de la policía, los profesionales de la salud, la videovigilancia; sino por entrenadores, mentores financieros, coach de superación, etc.


Pero lo importante es lo que dice Han sobre las emociones negativas; sobre la depresión, el enojo, la frustración, entre otros. Han asegura (con razón) que estas emociones intentan ser extinguidas constantemente por la sociedad del rendimiento. Sin embargo, al ignorarlas nos encerramos en un ciclo sin fin, donde la respuesta a todo no puede ser otra que esforzarse más y más. Las emociones negativas, en ese sentido, son importantes porque necesariamente te llevan a detenerte, a replantear tu rumbo, a tomar un respiro, a reiniciar la mente, cambiar de estrategia. De modo que restauramos el equilibrio de nuestras vidas, como en el ying y el yang. Lo negativo nos lleva a lo afirmativo y lo afirmativo siempre se corrompe. De eso va la vida, de detenerse y avanzar. 


Yo me encuentro actualmente negativo. Creo que lo que hago en YouTube no está funcionando como antes. A veces converso de ello con un gestor de cuentas asignado y él, como típico agente de la sociedad de cansancio me da ánimos, me dice que yo puedo, que tengo que probar esto, que tengo que hacer más, que no debo desmotivarme... etc. La verdad, creo que ya me esforcé lo suficiente. Trabajo de forma ordenada, atiendo estadísticas, diseño buenas miniaturas y produzco significativamente más contenido que mis colegas. Así que creo que tengo razones para estar estar negativo, para tomarme un tiempo y descubrir si debo seguir dedicándome a lo mismo. 


En general, abrazo el fracaso como lo que es: como un fracaso. Dejo de lado así esa somera idea de que el fracaso es aprendizaje. El fracaso es una cagada. A veces ocurre sin motivo y solo depende de las circunstancias. El fracaso, muchas veces es un recordatorio de que el mundo se rige por las reglas del azar y que tenemos que aprender a vivir con ello. Creo que pensar así es lo más sano porque nos permite poner un punto final y reinventarnos. Cosa que va muy en contra de la toxicidad colectiva que te empuja a creer que lo que no te mata te hace más fuerte. La persistencia está sobrevalorada. Yo digo: si un día la marea se lleva mi casa, no la volvería a construir en el mismo lugar, con mejores defensas. Me voy lejos y construyo en un terreno más seguro.

martes, 25 de junio de 2024

Un día de mala suerte

¡Qué habilidad tienen los días para agrupar eventos desafortunados! Siendo un tipo racional, me enfado conmigo mismo al concluir con tanta ligereza que la "mala suerte" existe e intento encontrar una explicación. Pero días como el de hoy me dejan asombrado.

No tiene nada que ver con la historia pero me gustó el concepto.

Todo comenzó por la tarde (porque trabajo de madrugada y duermo en la mañana). Tenía como objetivo ir a cobrar una remesa a la agencia de Argenper. Decidí ir caminando porque los pasajes en transporte público han subido mucho y porque cada vez que tengo la oportunidad prefiero hacer algo de ejercicio. Además en el camino había una plaza que conmemoraba a Giordano Bruno y quería pasar por allí. ¿Qué podría salir mal? Todo.

Cuando llegué a la plaza estuve buscando afanosamente la figura que había visto por internet. Como no la encontraba, entonces decidí consultar y me di cuenta que todas las fotos que había visto eran de otra plaza en México. Vale, hasta acá, me reí de mí mismo por despistado. Quizá, me dije, no investigué más porque asumí que una plaza llamada "Giordano Bruno", debía tener por lo menos una referencia a Giordano Bruno. Pero de él parece que solo tenía el nombre. Y una cancha de fulbito.

En fin, decidí caminar con el frío de la tarde, a menos de 10°C pero empezó a llover, a pesar de que no había pronóstico de lluvia. Mi instinto, cual perro de Pavlov, me hizo suponer que podría entrar a un café y aguardar un rato a que el mal tiempo pase, como habría hecho en mejores momentos económicos. Así que pronto me hallé a mí mismo saboreando mentalmente un café que no iba a poder disfrutar, básicamente, porque no tenía dinero para pagarlo. No me quedó más remedio que seguir andando bajo la lluvia.

Saborear un café que no se puede pagar.

De pronto, recibí una llamada. Eran los de Argenper para decirme que me esperaban mañana en la agencia. Yo les respondí "¿Mañana? ya estoy en camino". Me informaron que los pagos solo se hacían hasta las 5 y eran las 5:20pm. Yo les dije que estaba a 20 minutos y que igual iba a llegar. Tenía entendido que el negocio estaba abierto hasta las 6. Contestaron: "Bueno, andá. A lo mejor el cajero puede hacer algo". Llegué a las 5:40pm. El local cerrado.

Así luce un local que cierra a las 6:00pm, a las 5:40pm.

Tengo que decir que hasta ese momento aún me encontraba ecuánime. Sabía que las cosas no habían salido bien, en parte por mi falta de precaución. Además, añadía, he llegado hasta acá por un asunto personal, por decir que caminé hasta la agencia, porque bien pude haber abandonado la empresa a medio camino. Así que decidí ir a tomar un colectivo de regreso, que hoy por hoy es tontamente más barato que el metro. Entonces... se me apagó el celular. Se me acabó la batería allí, en mi cara.

Para cualquier lugareño esto no es mayor inconveniente pero para mí es una pesadilla. Me cuesta mucho viajar en bus porque tengo que enfrentar al conductor (o cobrador) y decirle claramente a dónde voy, lo cual nunca sé con precisión. Por último, muchas veces no me entienden, me cobran cualquier cosa y me dejan lejísimos de mi destino. Por eso necesito tener internet para saber qué líneas van exactamente donde quiero, cómo luce tal línea, qué variante de la línea es y dónde están las putas paradas. Nunca es tan fácil como subir y decir "Rivadavia al 6000", básicamente porque en Buenos Aires como en Lima y en todas las ciudades donde existen buses urbanos, el que viaja en colectivo o pertenece al club secreto de los que usan la misma línea o nace sabiendo y, todos los demás, deben ser humillados o maltratados.

La cuestión es que no podía viajar en colectivo; razón por la cual caminé hasta el metro, que lo conozco mejor y, al ser impersonal, me trae muchísimos menos problemas. Sin embargo, resulta que tenía que cargar mi tarjeta SUBE. Fui a un quiosco y le dije al de la tienda, un tipo sumamente comodón: "quiero recargar 2000 pesos, que es todo lo que tengo". El de la tienda me respondió que si no compraba nada solo podía cargar 500. Medio enojado, le acepté la maña. "Listo, su saldo es de 165 pesos", me confirmó el rufián. Al parecer, la tarjeta estaba en negativo y parte de esos 500 pesos se consumieron con la deuda.

"¿Y ahora qué hago?", me pregunté. El pasaje del metro, según la web de la ciudad estaba en 650. Con 165 de saldo no podría completar un pasaje. Resignado, caminé a la estación, pensando gastar mis últimos 1500 en otra recarga. Llegué al subte y vi algo que de pronto me alentó: el encargado de la estación estaba haciendo pasar a todo el mundo gratis porque parece que se habían quedado sin sistema. Bajé las escaleras como Chris Gardner pensando: "Esta pequeña parte de mi vida se llama felicidad". Sin embargo, a escasos metros de la puerta alguien le avisa al empleado que el sistema había regresado e inmediatamente me señala el lector de tarjetas. "No tengo saldo", le comenté, esperando compasión. "Vení a recargar", me respondió, privándome de todo beneficio.

Así que tomé los 1500 pesos que tenía y los cargué a la tarjeta. Sin embargo, al usarla para entrar vi que la máquina de la puerta no me la leía. El encargado me dijo: "Pasá a la otra". Fui a la siguiente máquina y al entrar vi que marcaba algo extraño: "Saldo restante 365". "Está loca", pensé. "He recargado 1500. El pasaje está 650. Sin contar lo que tenía antes, debo tener para un pasaje más por lo menos", calculaba, y pensaba que iba a revisar bien ese asunto llegando a mi destino. 

En el andén, observé con impaciencia el paso de los trenes; todos tan llenos como el metropolitano en hora punta. Me preguntaba cómo podía ser que con estos precios aún la gente use masivamente este transporte. ¿Están todos locos o es que estoy tan pobre que no me he enterado?

Al fin me subí en un tren en el que por lo menos no tenía que reñir con la física para respirar. Llegué así a la estación, un rato después, cansado, de mal humor y con un dolor de espalda que me está jodiendo desde hace una semana y que se agudizó por mi gran idea de salir a caminar.

En la estación lo primero que hice fue revisar mi saldo en la tarjeta. En efecto, solo tenía 165 pesos. Pregunté en la boletería a qué se debía y me contestaron que quizá no me fijé y pasé la tarjeta dos veces en el viaje anterior. Así pues, mañana sin dinero, sin pasaje y con la espalda jodida, tendré que volver a ir caminando hasta Argenper, perdiendo un segundo día de trabajo; todo por mi despiste o, simple y llanamente, por mala suerte.

sábado, 22 de junio de 2024

A mi psicólogo le caigo mal

El psicólogo no es tu amigo. Entiendo que la gente piense que sí porque en las terapias se emplean métodos parecidos. Asistes a una sala acogedora, te preguntan cómo te sientes, te invitan a contar cosas muy íntimas durante varios meses, te aconsejan, te brindan soporte emocional, te ayudan a ser consciente de las cosas que andaban mal, etc. Así que uno tiende a creer que hay una conexión de por medio. Pero no es así. Además, el psicólogo es el principal interesado en que no se establezca tal cosa. A fin de cuentas es un tipo que está tratando con gente que tiene algún tipo de desorden mental.

Cuando empecé a ir a terapia, tenía muy clara esta idea. Sin embargo, en varios momentos vi comprometida esta convicción. Por ejemplo, alguna vez él me dijo: "Ah, eres filósofo, entonces vamos a tener charlas interesantes"... Y esto se materializó en una sesión en la que me dediqué a criticar el psicoanálisis. Me parece que mi psicólogo no se lo tomó a bien: No hizo ningún apunte, no hizo preguntas, mostró mucho desinterés. La verdad, no era mi intención echar por tierra su profesión; tampoco mostrarme como un sabelotodo. Solo quería saber hasta qué punto defendía esas ideas. Así se lo dije y añadí: disculpa si te fastidié, a veces soy medio pesado. No me respondió nada.

"El psicólogo no es tu amigo", me repetía yo mismo. Pero al vernos después de un feriado le preguntaba "¿cómo está tu familia?" A lo que él respondía parcamente: "bien". En otra ocasión alabé su buen gusto. Le dije que la decoración de su oficina me encantaba. Él, sin embargo, me cambió el tema. Incluso alguna vez le comenté que se veía bien para tener 45 años, pues pensaba que era menor que yo. No me dio respuesta. Intuyo que no lo hacía de mala onda sino que era su forma de evitar que los pacientes se pasen de la raya, su manera de mantener el asunto "profesional".

No puedo decir que me trató mal, sin embargo. Fue inteligente, comprensivo y también muy paciente conmigo. Además, me permitía quedarle debiendo las sesiones si no tenía dinero. En resumen, creo que me ayudó mucho; quizá no de una forma práctica, como podría hacerlo la terapia cognitiva conductual, pero sí de una forma más metafísica, más profunda, aquella que va más allá de la psicología como conjunto de "truquitos y tips".

No obstante, un hecho sí que fue determinante en mi comprensión del asunto.

Resulta que, al momento de dejar la terapia, ocho meses después, me tomé el atrevimiento de escribirle un texto más o menos extenso en el que le manifestaba mi agradecimiento por su dedicación, esperando contar con él en el futuro. Han pasado tres meses desde entonces. Nunca me respondió.

Al principio anduve un poco resentido. Pensaba: "¿Qué le costaba decir 'igualmente', 'gracias a ti', 'cuídate', 'que te vaya bien'? No... me dejó en visto. ¿Acaso, en efecto, le caía mal? ¿Debería escribirle para preguntar por qué no respondió mi mensaje?

Con el tiempo descubrí que no. Entendí que aquella afectación mía estaba sustentada por una idea falaz: creía erradamente que todo lo que le había contado, a lo largo de varios meses, equivalía a una relación de amistad y por eso me dolía que no haya ningún tipo de despedida. Pero luego recordé que nunca existió tal relación, que él siempre fue un médico que quería llevar las cosas de modo profesional y que, quizá no es que le "caigo mal", sino que, como ya sabía desde un principio, el psicólogo no está y nunca estuvo para ser de amigo.

viernes, 7 de junio de 2024

La gente no quiere la foto, quiere haber fotografiado

¿Qué hace la gente con sus fotos? Parece ser que las personas pierden el interés de lo fotografiado tan pronto lo suben a sus redes sociales. De allí solo Dios sabe, pues, si pasado un tiempo les preguntas: "¿Qué fue de las fotos de la reunión del año pasado?"; probablemente te responderán que no tienen ni puta idea. La gente es descuidada y conchuda. Descuidada, porque pierden los recuerdos sin ningún remordimiento; y conchuda, porque in situ son los individuos más afanosos, los más avezados, los que están toda la jornada jodiendo con el celular en la mano.


Probablemente no recordarán dónde guardaron sus fotos el próximo año.

Anda a ver qué hace la gente con un Iphone 15 Pro Max; un aparato que puede grabar videos hasta en 4k. Si te pones a pensar, eso es una monstruosidad: por hacer una comparativa, en la universidad, en mis clases de cine, practicábamos con unos armatostes que filmaban en VHS lo cual (según leí por allí) es un aproximado de 320x480 pixeles. Es decir; ahora la gente suele tener en sus bolsillos una cámara 100 veces más pequeña y 10 veces más nítida que la de los estudiantes de cine de mi generación. ¿Para qué? Para perder todo lo que graban el próximo año o, lo que es peor, para empeñarlo por un par de likes.

No entiendo cómo todos andan por allí como si nada. Y no es una cuestión generacional, porque uno podría pensar: "claro, como los jóvenes nunca pagaron por revelar una foto, no las valoran". No, estamos hablando también de gente mayor, gente que la mayor parte de su vida, tuvo que comprar un rollo de fotos, costear su revelado y probablemente adquirir un álbum para conservar las imágenes. Un buen ejemplo de esto es mi suegro; a quien vengo escuchando hace 10 años que tiene varios rollos de fotos de cuando Paty y sus hermanos eran niños, que por allí deben estar y que "algún día" va a revelar.

 

No solo es él. Así piensa toda la gente que conozco, incluídos mis amigos cercanos. Algunos incluso han llegado a contratar servicios de almacenamiento como Google fotos. No sé para qué. Tienen sus fotos y sus videos allí todos desordenados, sin fecha y, para colmo, cuando les preguntas por algún archivo específico, te dicen que "quizá" está en otra compu que no usan hace 10 años o en una pila de fotos pegoteadas, pendientes de escanear y así.


Yo hace tres años emprendí la labor de escanear todas las fotos de mi familia y hacer un archivo general. Lo hice, en parte, porque veía que las imágenes impresas se estaban decolorando, dañándose irrecuperablemente. Así que me dediqué a escanearlas, restaurarlas y ordenarlas cronológicamente. Luego hice lo mismo con otras fotos y vídeos digitales que tenía en diferentes fuentes. Además, le pagué a alguien para que digitalice todas las cintas de VHS que había por casa. Por último, fui consultando a familiares y amigos si tenían otras imágenes. Esto último resultó ser lo más frustrante debido a las excusas: "Voy a ver, yo te aviso", "no sé qué fueron", "me entró virus", "me robaron el teléfono", "solo tengo lo que está en facebook". 


Yo no digo que todos se tomen el trabajo de hacer un archivo como el que hice. Sin embargo, debería haber una preocupación por lo menos por cuidar lo que en un momento uno estimó digno de registrar. A no ser que lo fotografiado nunca tuviese valor. Si fuera así, ¿Para qué tomar la foto, entonces? No sé... De pronto se me vienen a la mente las palabras de Alejandro Dolina cuando decía: "la gente no quiere leer, quiere haber leído". En este caso yo diría, parafraseando: La gente no quiere la foto. La gente quiere haber fotografiado. Quiere haberse salido con la suya. Quiere haber sacado su teléfono y que la vean tomando fotos. Quiere haber estado allí. Quiere que le den me gusta. El recuerdo es lo de menos.

lunes, 27 de mayo de 2024

El banco me dio 300 soles


El otro día se malogró mi caloventor (aquel ventilador que echa aire caliente). Si bien aún es otoño, las temperaturas han estado muy bajas este año; por ejemplo, las mínimas están en promedio 7°C. Así que con los pies fríos y temiendo un invierno extremadamente frío decidí de inmediato comprar un aparato nuevo.

Entré a Mercado Libre. Seleccioné un modelo de mi preferencia. Ingresé mi tarjeta de crédito. Error. Volví a ingresar los datos. Error. Pensé que a lo mejor había marcado la opción incorrecta. Regresé para ver si puse débito en lugar de crédito e intenté nuevamente. Error. A continuación, recibí un correo pidiéndome que me ponga en contacto con mi banco. Mercado libre no podía procesar la compra.

No era la primera vez que la tarjeta me falla. Para el cumpleaños de Paty quise pagar una torta y me la rechazaron repetidas veces, en una incómoda cola. Así que bueno, dije, creo que ya viene siendo tiempo de reclamar y armarme de paciencia para usar el único canal del que dispone el banco para atender estos problemas: Un chat por whatsapp.

Paciencia.

Después de un buen tiempo el banco me informó que mi tarjeta estaba bloqueada. Yo les pedí que por favor la desbloqueen, que quería usarla. Ellos me contestaron que no depende del banco porque es un bloqueo de la SBS, para protegerme del sobreendeudamiento. Yo me enojé: "¿Qué sobreendeudamiento? No tengo deudas y hace 2 años no compro nada a crédito; además, he venido pagando una membresía anual. ¡Se me hace injusto!"

Antes de que pudieran responder, añadí: "quiero cancelar la tarjeta".

No era un acto de revancha, sino de prudencia. Faltaban pocos meses para que me vuelvan a cobrar la membresía (300 soles) y, si no podía usar el plástico, no quería seguir pagando por él. No obstante, la persona que me atendía, entre emojis de caritas sonriendo y gestos de oración, me dijo: "Podemos devolver la membresía del año anterior y después solicitar el desbloqueo. Como la tarjeta estuvo bloqueada no se le cobrará membresía el año presente".

Y así consiguieron disuadirme. Pero, ¿Por qué? ¿Para qué conservar una tarjeta de crédito que casi no uso y que, además, no he necesitado en los últimos años?

En "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" Max Weber reflexiona sobre la sociedad de su tiempo (principios del siglo XX) y concluye que los protestantes son más ricos que los católicos porque hacen de su trabajo y sus empresas una forma de adorar a su dios. Por el contrario, los católicos se concentraban demasiado en condenar a quienes tenían riqueza. Lo interesante aquí es lo que Weber dice sobre el crédito: el protestante se siente digno como sujeto de crédito. Para él el crédito, más que hacerte víctima de un sistema degenerado, es un signo de que eres un tipo confiable, que eres honesto, que eres bienvenido.

Yo no soy protestante. Ni siquiera soy cristiano. Sin embargo, no puedo evitar relacionar a Weber con algo que en una ocasión me dijo mi madre cuando le pregunté por qué seguía aceptando tantas tarjetas de crédito sin necesidad. Ella me respondió: porque no a todos les dan crédito. Yo no lo entendía entonces, tras una terrible experiencia que me hizo pasar al INFOCORP. Sin embargo, con los años, mis lecturas y una perspectiva de la vida más madura... acabo por entender. Razón por la cual hoy he decidido quedarme con los 300 soles que me acaba de devolver el banco, solicitar que la SBS me desbloquee, y guardar, por fin, mi vieja tarjeta Visa Platinum que no volveré a usar (probablemente) nunca más.

martes, 14 de mayo de 2024

Cumpleaños (en plural)

El 23 de abril fue mi cumpleaños número 40. Fue un día extraño: hubo una marcha que buscaba frenar un recorte presupuestario a las universidades públicas y yo me vi atrapado en ella de la forma más insospechada. Había ido al centro a cobrar un dinero y de regreso me topé con cientos de miles de personas que bloqueaban el tráfico, varias cuadras a la redonda. Como el ambiente me pareció festivo, me quedé un momento contemplando el mar de gente que llegaba a Congreso y marchaba con dirección a Plaza de Mayo. No exagero con lo de "mar de gente". Según La Nación la UBA aseguró la presencia de 800mil personas. Lo creo.

Pasado lo curioso, pronto mi ansiedad social se hizo presente y sobrevino en un ataque de agorafobia. Regresar a casa era caminar contra corriente durante varios kilómetros hasta encontrar alguna calle abierta. No fue sencillo, pero se logró. Dos horas después estaba en mi depa, agotado... pero con ganas de celebrar. Paty había decorado la casa con mucho esmero. Además, había preparado una torta de cumpleaños que, honestamente, se veía muy mal pero que de sabor estaba muy rica. A falta de fondos, pasé comprando una cerveza muy barata. Era una Oslava en botella de plástico, de cuerpo ligero, cuya única virtud era que costaba menos de un dólar por litro. Honestamente no me gustó pero, al menos alegró la noche.


Tuve una videollamada con mi abuela y mi hermana; después otra con Jonatan, Gabriel y Angel. Les comenté lo ocurrido. Les dije que lo de la marcha no podía ser una mejor metáfora de mi vida: 40 años yendo contracorriente, metido en asuntos que no tienen nada que ver conmigo en lo absoluto. La reunión, a decir verdad, fue muy amena. Además, resultó agradable encontrarnos los cuatro al mismo tiempo (aunque sea de forma virtual).



Al día siguiente, el 24, me vi con algunos amigos argentinos (colegas de YouTube) en el bar La Poesía. Aquél es  uno de mis lugares favoritos en Buenos Aires. Allí me vi con Sebastián, Martín y Juan Felipe (que era su cumpleaños al día siguiente) así que aprovechamos para matar dos pájaros de un solo tiro. Pedimos una soberana picada y bebimos buena cerveza. Por cierto, dejo el dato: "Deleuze Dubbel (Roja 7°)". No hay pierde.



El 6 de mayo fue el cumpleaños de Paty. Un día antes ella tuvo la idea de ir a Vicente López a conocer la costanera. Lamentablemente el día nos tocó horrible. Estaba nublado, oscuro y hacía mucho frío. Para colmo, mientras caminábamos por el parque cayó una llovizna que, parecía que no, pero nos dejó empapados. Así que lo mejor fue el regreso y un café que encontramos cerca de la estación de tren. Al día siguiente, sin embargo, todo fue mejor: fuimos a comer comida peruana con una amiga de Paty y por la tarde celebramos en casa; hicimos una videollamada con la familia y luego no me acuerdo muy bien porque entre el vino y una gripe impertinente me quedé medio dormido demasiado rápido para contarlo.



Un día después del cumpleaños de Paty vino de visita otra amiga suya de Piura y han paseado todos estos días. Me alegra que se den estas oportunidades. Me alegro por ella y porque podemos seguir contando con los amigos. Me alegra que la vida continúe. Y que, a pesar del todo, la distancia, la economía, los paros o la mala cerveza... nos reencontremos con las personas con las que fuimos, somos, y seguiremos siendo felices. 

lunes, 22 de abril de 2024

Reencontrándome con mi yo escritor

De vez en cuando suelo entrar a mi antiguo blog. 

Tachando “antiguo”. Sustituyendo por “Difunto”. 

El verduguillo.blosgpot.com no existe más. Lo eliminé por esa loca idea mía de ir borrando mis huellas, haciéndole un favor al destino. No obstante, con lo que no contaba era que Wayback Machine lo rescataría en sus archivos antes de cometer el crimen. 


Recuerdo que cuando me enteré de este atrevimiento estaba enojado. Pensé que se estaba cometiendo algún delito contra la propiedad intelectual. “Derecho al olvido”, creo que dije alguna vez. Sin embargo, con el tiempo lo de Wayback acabó por hacerme gracia. Es más, de vez en cuando entro al enlace y veo lo que podría describir como la fotografía de una obra concluída. El blog acaba el 31 de diciembre de 2013. Aquel año había publicado 100 artículos, cumpliendo con una valla que me auto impuse a fines de 2012. Así que estaba satisfecho. Me acuerdo que estaba en Lima, de vacaciones con Paty y Angel, y me reportaba desde un Starbucks con mi tablet… estaba hecho un hipster: 

“Queridos amigos, tal parece que éste ha sido un gran año para este blog, en la medida de que se cumplieron todas las metas propuestas. En lo personal, quería dedicar un vídeo para conmemorar este evento, pero he tenido que salir de viaje y de momento sólo tengo un dispositivo móvil con una cámara low fi y una versión muy básica de blogger que no me permite ni alinear un párrafo.” 

Llegar a 100 entradas en un año fue un hito difícil de asimilar. Recuerdo que entonces me preguntaba mucho si volvería a llegar, si estaría a la altura. Entonces pasó el tiempo y, ante mi inacción, concluí que era un buen momento para dejarlo; así, por todo lo alto, en un número redondo. El verduguillo entonces no volvió a tener otra entrada hasta 2016, cuando finalmente lo eliminé. Y, desde entonces, no volví a escribir.

Volviendo sobre “escribir”. Añadiendo “escribir para ser leído”. 

Para ser sincero, escribo todo el tiempo, casi todos los días; pero todo lo que escribo son guiones y los guiones se convierten en videos. Por consiguiente, los últimos 10 años escribí para ser escuchado, no para ser leído como en la era Magenta o El Verduguillo.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde mi última novela, “Las aventuras del chico Fleitas”:  ¡Doce años desde que no escribo un libro! Y aunque es verdad que publiqué “La rifa” (2014) y “El universo no tiene cuentas premium” (2021), ambos ya estaban escritos. El primer título fue una compilación de cuentos que aparecieron en revistas y antologías; el segundo, un conjunto de conferencias que di en épocas de pandemia. Así que hasta ahora no ha habido nada nuevo que me conecte con aquel escritor que dejé de ser en el camino, en las fechas que El verduguillo dejó de existir. Hasta ahora.


De momento estoy terminando una nueva novela. La tarea por momentos me hace entrar en competencia conmigo mismo, en una batalla por superar viejas marcas y demostrarme que ahora soy un escritor maduro. Y eso me abruma. 

Tachando "abruma". Sustituyendo por "me detiene, a veces".

Lo que piensen los demás, francamente, como diría Rhett Butler, me importa un carajo. Escribo como solía hacerlo hasta aquel 31 de diciembre de 2013. A veces me entusiasmo. A veces me detengo. A veces escribo 10 páginas. A veces borro 3. Lo importante es que me siento libre, aunque a veces la ansiedad me supere. Sin embargo, sé que todo es parte del proceso. “La ansiedad es el vértigo de la libertad”, diría Soren Kierkegaard.

martes, 16 de abril de 2024

Carta abierta a mi hermana

 

Hace exactamente veinte años yo estaba a la mitad de mi carrera universitaria, demasiado metido en mis asuntos y tan desconectado de la realidad, que el saber que mi madre te daría a luz no alteraría los planes que tenía para ese día, que lo más probable eran salir con mis amigos a alguna fiesta de alguien a quien no conocía.


Desde el primer día que llegaste a la a casa yo siempre te vi de lejos, quizás porque cada vez que quería acercarme había demasiada gente a tu alrededor admirándote e intentando cuidarte, o tal vez porque me sentía un poco celoso.


Recuerdo que el día que te bautizaron yo llegué tarde, ni siquiera me vestí para la ocasión, sólo llegué para cumplir con la ceremonia, robarme algunos bocaditos y poder irme cuanto antes.


La infame foto del bautizo


 

Desde tus primeros años evité ser un hermano cariñoso y cercano a ti, en esa época mi vida fuera de casa era la que más me importaba, e intentaba estar lo menos posible con la familia. Tú no tenías la culpa, simplemente yo era joven e imbécil, no era capaz de valorar todo lo que tenía dentro de casa.

 

Siempre te hacía bromas pesadas hasta el punto de hacerte llorar muchas veces, pero aún así tú con tan pocos años tenías detalles tiernos conmigo, como hacerme algún dibujo o darme un abrazo. E incluso ser la más animada en participar cuando hicimos la foto de Star Wars.




 

El día que me fui por varios años del país te di un medio abrazo muy rápido a la ahora de despedirnos, estabas llorando por algo que querías en ese momento y no tenías a la mano. Tenías 4 o 5 años, no podía pedirte más.

 

Me perdí toda tu niñez, no estuve a tu lado en muchos cumpleaños y momentos importantes incluyendo tu paso a la primaria. Cuando muy de vez en cuando llamaba a casa para saludar sólo hablaba con mis padres, tú siempre estabas en la escuela y prácticamente nunca pudimos coincidir.

 

El estar lejos de casa me hizo valorar mucho más a la familia, empecé a extrañarlos mucho y desear en el fondo haber sido distinto contigo cuando eras más pequeña. 


Cuando regresé de visita después de dos o tres años fui de sorpesa a verte a la salida del colegio. Te busqué entre los demás niños y te vi, me miraste de lejos, gritaste mi nombre y corriendo te lanzaste a mis brazos para darme ese gran abrazo tan largo y fuerte que hasta ahora siento cada vez que te extraño.


(recreación)


 Desde entonces aprendí a quererte más, a valorarte como te lo merecías e intentar llenar ese vacío de amor que nunca te di.

 

Pasaron los años y regresé al país, ya todos habíamos crecido. Yo tenía un hijo que necesitaba toda mi atención y tú ahora eras la joven, la que prefería estar con sus amigos. La adolescencia te pegó fuerte.

 

Esta vez intenté estar en todos tus cumpleaños y fechas especiales, pero sentía que ya era un poco tarde, que no podríamos tener la relación de hermanos a la que me negué cuando aún eras muy pequeña.




 

Con el pasar del tiempo te fuiste transformando en una mujer admirable, tan preocupada por su familia, tan atenta y cariñosa, y además la más cercana a mi padre de todos los hermanos, y yo siempre agradeceré eso, eras la que nos representaba, sobre todo a mí, que ya no vivía en la misma casa y casi nunca tenía tiempo para estar con ustedes.





 

Encontraste a alguien a quien amar y eso me dio mucha paz y felicidad, el saber que alguien estaría a tu lado me hacía sentir seguro. Ver que alguien era capaz de merecer tu amor me causaba mucha alegría.

 

Pasó el tiempo, cada vez fuiste aprendiendo más y siendo más ambiciosa con tus planes al punto que decidiste que lo mejor sería irte a estudiar a la distancia.

 

Llegó el momento de tu partida, ahora eras tú quien se iba a buscar su futuro lejos de nosotros, a otro país tan lejano y distinto que era sorprenderte ver que te entusiasmaba dejar el nido, ya no había vuelta atrás.

Pero esta vez yo estaba contento, hiciste tanto en estos años que ya estabas preparada para enfrentar al mundo y todo lo que este pudiera lanzarte.

 

Hay tantas cosas que me hubiera gustado hacer contigo que siento que la vida se nos queda cada vez más corta, todo fluye tan rápido que sin darnos cuenta, acabas de cumplir 20 años.




 

Hoy que es tu primer cumpleaños que pasas lejos de casa, no puedo más que esperar que te hagas más fuerte con cada día que pase, que el sentimiento de ternura que hay en tu corazón sirva para llenar de amor esos miles de kilómetros que hoy te separan de la gente que amas.

 

Y yo, cada vez más viejo y gruñón, no puedo desear más que la próxima vez que te vea, darte un abrazo tan fuerte y sincero como el que me diste tú esa vez hace ya tantos años afuera de tu colegio.




 

Te amo con todo mi corazón.

martes, 9 de abril de 2024

La memoria es frágil

Regreso del supermercado después de comprar unos dulces para acompañar el café. Al costado del negocio hay un colegio y es la hora de salida. Veo a los niños con sus padres y recuerdo cuando tenía su edad: 7 u 8 años. De pronto, me encuentro en situaciones aisladas. Siento que puedo describir a grandes rasgos cosas como el aula en la casona, cuando mi mamá nos recogía en su pequeña moto o cómo me sentía cuando el abusivo de turno rondaba por mi pupitre. Pero faltan actores en este libreto. Muchos.

Hace pocos años me jactaba de tener memoria de todos los nombres y apellidos de los niños de ese salón. Hoy me es imposible nombrar a más de la mitad y, con suerte, recuerdo el apellido de 3 o 4. De chiripa me acabo de acordar de la maestra, la miss Carmelina (no me preguntes por su apellido). ¿Qué habrá sido de ella? Una pista: No es la que está en la foto.


¿Ubi Sunt?

La memoria es frágil y el olvido es implacable, pues bastó sólo un par de años de ejercitar el recuerdo para que mi mente borre los nombres y apellidos de estos chicos, como una inscripción en la arena a orillas del mar. Veo una foto de aquel tiempo y, entre conocidos, veo fantasmas. ¿Quienes son? ¿Cuáles eran sus nombres? ¿Por qué yo tengo una camiseta de Mickey mouse?


domingo, 7 de abril de 2024

Por qué me mudé a Buenos Aires (y sigo aquí)

Estuve releyendo mi última entrada y he tenido una impresión bastante negativa acerca de por qué elegí mudarme a Buenos Aires. Según lo escrito, todo parece indicar que llegué en un acto de escape, apalancado por una situación que no podía ir peor. Y aunque algo de cierto hay en eso, lo dicho solo responde a “por qué migré” y no contesta a “por qué ESPECÍFICAMENTE a Buenos Aires”. Peor aún: ¿Por qué continuar aquí, cuando no son los mejores años de la Argentina?

¿Qué hace usted acá?

A ver. Desde luego que Paty y yo sabíamos cosas. Previo a todo, desde 2017, con la convicción clara de que queríamos emigrar, visitamos varias ciudades candidatas. Sin embargo, ninguna superó la percepción que teníamos de Buenos Aires; ideas fundamentadas en vlogs de viajes, opiniones de conocidos y una visita relámpago que hice a Córdoba en 2009. Argentina, en ese sentido, nos parecía la mejor oferta. Pero, con todo y todo, Buenos Aires no dejó de ser un experimento. Cuando llegamos teníamos dinero para 3 meses. Pensamos: “si nos va mal (o no nos gusta) nos regresamos y listo”. Pero no fue así. Buenos Aires nos encantó y, a continuación, explicaré las razones:

Empezaré por decir, que Buenos Aires tiene muy mal ganado el apodo de “La ciudad de la furia”. Me parece que, descontando el clima (y la estima que le tengo a Cerati), no hay peor forma de describir a esta maravillosa ciudad. En mi experiencia, Buenos Aires es una urbe de personas amistosas, nobles, educadas, solidarias y felices. Basta echar una mirada a los parques y las plazas, a la tarde, cuando la gente se junta para compartir un mate, jugar pelota o simplemente echarse a la sombra de un árbol a disfrutar la naturaleza.

Sin carteles de “prohibido pisar el césped”

Así que yo podría decir que Buenos Aires es, en primer lugar, “la ciudad de los parques”, pues aquí he conocido los más hermosos que jamás vi: el parque Chacabuco, el parque Lezama, el jardín botánico, la costanera sur, los bosques de Palermo; entre muchos otros que celebran la vida y que, por fortuna, son libres, sin rejas, sin vigilantes y sin carteles de “prohibido pisar el césped”. Sí, yo antes pensaba que los parques eran para ser cuidados; para “engalanar” la ciudad (conservando, quizá, esa absurda idea de tener cosas solo para jactarse de ellas). Buenos Aires me ha hecho cambiar de parecer: Ahora pienso que los parques tienen que estar vivos porque es allí donde se inicia el sentido de comunidad. Los parques son puntos de encuentro, lugares de actividad física, espacios de ferias itinerantes, centros de recreación. Creo que una ciudad es grande no solo por sus edificios, sino por la capacidad de coexistir con la naturaleza, en equilibrio; cuando contiene el descanso de la urbe en las áreas verdes. En ese sentido, creo que muchas de las ideas negativas que la gente tiene sobre su ciudad refieren a urbes con carencia de parques, plazas o alamedas; razón por la cual el descanso es capitalizado por el mall o el centro comercial, que funciona como placebo social, promoviendo consumismo en lugar del sentir comunitario.

Groseramente monumental: un reservorio de agua.

La arquitectura de Buenos Aires es un capítulo aparte. Puede que sus edificios no sean tan antiguos y no conserve ese aspecto colonial de otras capitales latinoamericanas (por ejemplo, Lima). Pero, por su parte, Buenos Aires se toma la atribución de ser una ciudad groseramente monumental y ecléctica. En una misma cuadra conviven diferentes estilos: edificios neobarrocos, neoclásicos, Art deco, Art Nouveau, etc. En lo particular, nunca me canso de caminar por las avenidas, contemplando detalles inacabables; entre frisos, gárgolas, cúpulas y figuras incrustadas en las paredes. Buenos Aires es una ciudad hermosa y no depende de la estación; sea verano o invierno; bajo lluvia o a pleno sol. Buenos Aires es un continuo descubrir entre el esplendor y la melancolía.


La cultura es otro asunto importante. Voy a dejar de lado lo que se refiere a museos, sitios históricos y bibliotecas; pues toda ciudad suele tener algo a lo que denomina “su cultura”. No obstante, así como existe esta noción de cultura que se emparenta con el pasado y la tradición, también hay otra concepción menos practicada que es “generar cultura”. En ese sentido, son pocas las ciudades que como Buenos Aires se vuelcan a eso; a través de laboratorios como el Centro Cultural Recoleta o la Usina del arte, que son espacios vivos, libres, abiertos… quizá sin sentido aparente, pero que funcionan como plataforma de inspiración. Lugares donde uno va y son, genuinamente, lo que quieres que sean; puedes escribir una novela allí. Puedes armar una coreografía de danza moderna. Puedes rodar un cortometraje. No hay límites… más allá del horario.

Vi a un país entero celebrar

Paso de la comida. Creo que es cliché decir que la carne y el vino son buenos. Yo prefiero terminar este post con recuerdos de experiencias que no podría haber tenido en otro lugar: Me gusta decir que participé en la Feria del Libro más grande de habla hispana, que vi a un país entero celebrar la copa del mundo, que viajé en el metro más antiguo de Latinoamérica, que crucé la (otrora) avenida más ancha del mundo, que vi las obras de Van Gogh y Rembrandt en el Museo de Bellas Artes, que me senté en el mismo café que frecuentaba Borges, Cortázar y Sábato, que me perdí en La Boca, que me embriagué en San telmo y que regresé -no sé cómo- en la línea 2 a las 3 de la mañana, con un chofer que me dice: “¡Bajá con cuidado, rey!” . ¿Cómo no me va a gustar vivir acá?

viernes, 22 de marzo de 2024

Vengo del futuro para decir...

Escribo tras una gran elipsis. Mi último post fue de junio de 2015. Ciertamente, muchas cosas han cambiado desde entonces. Intentaré obviar, entre ellas, que el señor Melquiades se adueñó del blog, permitiéndose, por ejemplo, cambiar el subtítulo a:


Así que cumplido mi vaticinio de que esto se iba a convertir en una cápsula de tiempo, me permito tirar de la nostalgia y decir que, un año después de mi última aparición por aquí, me casé y los señores del blog asistieron a mi boda. Ahora bien, por algún capricho del fotógrafo, no se nos tomó una foto juntos; razón por la cual publico por separado dos imágenes: una de Paty y yo y otra de los muchachos, cuando planeamos que Gabriel reciba (pasivamente) la liga.



2016, Además, fue un gran año. Mi canal de YouTube empezó a ir realmente bien; de modo que, para fines de ese año, empecé a dedicarme a tiempo completo a él. De hecho, aún lo hago y sí, aún reditúa más que un sueldo mínimo. 2018, Sin embargo, fue un año complicado. Mi madre, que había enfermado de cáncer, perdió la vida y a esto se sumó el deterioro de la salud mental de mi hermana Natalia. En consecuencia, debí iniciar un proceso de apoyo y salvaguardia para hacerme cargo de ella (el cual fue largo, costoso y penoso); luego, pactar su divorcio con su desaparecido esposo; y, pro fin, reorganizar el estado del patrimonio familiar para que éste cubra los gastos de salud de mi hermana, como lo habría querido mi madre.

Por su parte, 2019 fue un gran año. Mi canal de YouTube llegó a la cima. Me hice famoso. Viajaba. Viajaba mucho. Ese mismo año, por ejemplo, estuve en Ecuador, Colombia y Brasil. Aquel 2019, además, me compré mi primer auto y saqué mi licencia de conducir. Aquí una foto cuando trajimos el carro de Lima. Era un Renault Clio de 2003. ¡Gran auto…! Pero, un poco caro de mantener.


En 2020 llegó una pandemia global por una gripe aparentemente extraña. Digo “aparentemente” porque sé que la posteridad acabará por clasificarla mejor que yo. En todo caso, aunque la consigna presente es hacer como si no pasó nada, lo cierto es que en 2020 Todo se puso patas arriba: Cerraron bares y restaurantes; sacaron al ejército a las calles; nos obligaron a estar en casa casi todo el día; cuando nos permitían salir, solo podía ser con mascarilla; las clases en las escuelas se dictaban por internet; prohibieron los viajes al exterior; y, así, un sinnúmero de cosas y decisiones mal tomadas que no tuvieron el menor efecto evitando que se propague el virus. En ese sentido Perú (¡cómo no!), se llevó el premio, al peor manejo, a nivel mundial.


Para 2021 (tras una aguda crisis política en la que se cambiaron 6 presidentes en 6 años) Paty y yo teníamos claro que teníamos que largarnos del país. Intentamos hacerlo tan pronto se abrieron las fronteras. No obstante, ocurrió un terremoto a fines de julio que dañó considerablemente el edificio en el que mi madre tenía sus propiedades. Así que tuvimos que postergar el viaje y tomar una deuda para restaurar el daño. A la fecha, aún no terminamos de pagar ese préstamo.

Para 2022 por fin Paty y yo conseguimos salir del país y nos instalamos en Buenos Aires, Argentina; país que nos ha acogido bastante bien y que, en muy poco tiempo, he podido llamar “mi hogar”. Desde entonces estamos viviendo en un modesto departamento en Caballito, disfrutando y amando cada instante que llevamos acá; pero, por otro lado, extrañando a los amigos.

Un porteñísimo yo en el Tortoni, discutiendo con Borges, Gardel y Storni

Acabo de tener una videollamada con Jonatan y Angel. Hablamos más de 3 horas de corrido. En un momento, Jonatan me remitió a una imagen que aparecía en este (casi olvidado) blog y que, por algún motivo, no tengo en mis archivos. La foto en cuestión es esta:


Son cuatro jarrones que Jonatan compró especialmente para nuestras reuniones. Los vasos tienen hielo y un trago que llamamos cariñosamente “comadreja sour”. Es la foto de una reunión perdida en el tiempo en la que aparecen detalles que me remiten a otra época, lejana ya: Piura, el departamento donde Jonatan ya no vive; el mantel con las fichas de una partida de poker que jugaríamos después de una noche de basket y de fondo un reflector casero que usábamos para grabar nuestro podcast; su “pocas” favorito: Co-ma-dre-jas.

miércoles, 15 de marzo de 2023

¿Papá a medias?

 

Era una fría mañana hace diez años, se veía la nieve caer afuera del hospital y yo tenía ya varias horas sin dormir. Pero ella la estaba pasando mucho peor, el dolor que manifestaba me hacía sentir impotente y no había nada que yo no pudiera hacer salvo esperar.  

De pronto los gritos se volvieron más agudos y allí estaba él. Un ser pequeñito cubierto de una capa blanquecina de grasa. Lo limpiaron, lo secaron y se lo acercaron a ella. De inmediato y por instinto se aferró al pecho que lo alimentaría. En ese momento supe que mi vida no volvería a ser la misma.




Me perdí el primer año de su vida, yo estaba en otro país y no pude hacer mucho desde tan lejos. Pero ella se esforzaba en mantenerme al tanto de su crecimiento. Al regresar sentí que volví a recuperar el tiempo perdido con mi pequeño, pero nos volvimos a alejar. Ahora vivíamos en casas distintas.

 

Cuando él era más pequeño yo intenté nutrirlo con mis gustos musicales y de películas, lo cual me trajo varias discusiones con ella. Yo sentía que él las disfrutaba, por ejemplo, íbamos en el auto cantando a viva voz canciones de Ramones o Gorillaz, y luego veíamos películas de super héroes en la casa.




 Pasó el tiempo y él ha ido creciendo, a veces se parece a mí, a veces a ella. A veces siento que no se parece a nadie de su familia, pero sigue creciendo y descubriendo su verdadero yo.

 

Es inteligente, cuidadoso, tierno, imaginativo, amoroso, optimista, leal y animalista como su madre. Pero es desordenado, impetuoso, perezoso, distraído, alocado y adicto a los videojuegos como yo. Sacó lo mejor de cada uno (guiño guiño).

 

 

Si bien no nos vemos a diario, ni lo acuesto a dormir todas las noches, o tampoco estoy allí cuando una pesadilla lo despierta en la madrugada, intento acompañarlo en otros momentos donde puedo aprovechar al máximo estar con él, jugar un rato, salir a pasear, hacer videos juntos o enseñarle matemáticas. Y quiero hacerlo ahora, porque no falta mucho para que elija pasar mil veces pasar el tiempo con sus amigos y no con sus padres. Pero es así, es normal, un proceso natural por el que no debería quejarme o afectarme, yo también pasé por eso.





A veces salimos los tres a comer, o nos vamos de viaje o simplemente vamos a la playa. Porque él debe entender que, aunque sus padres ya no están juntos, haremos siempre lo mejor para que él se sienta seguro, feliz y amado por nosotros dos.

 

Ella siempre se llevó el mayor trabajo, y la admiro por eso. Siempre estuvo despierta en esas madrugadas donde se puso enfermo, ha resistido más enfermedades a su lado, ha sufrido más disputas en el colegio, lo ha cargado muchas más veces que yo, se ha ganado cóleras y llantos discutiendo con él, donde yo no puedo hacer mucho para apaciguar esas dos mareas agitadas.




Ella siempre ha hecho más por él, y por eso yo no sólo estaré eternamente agradecido, sino que haré todo lo posible para que se sienta bien y tranquila. Es lo mínimo que puedo hacer en agradecimiento por cuidar más tiempo de él. Y, sobre todo, por haberlo traído al mundo.


 

Ya han pasado diez años desde esa fría mañana nevada en ese lejano hospital. Me da un poco de temor afrontar los años que aún están por venir, pero quiero encararlos con optimismo. Porque estoy seguro que a pesar de todo, no estoy haciendo un mal trabajo como padre. No creo ser un padre a medias, como alguna vez me lo han dicho. He intentado aplicar con él la misma paternidad amorosa que viví con mi padre, y no tengo mejor ejemplo.


 

Yo siempre estaré dispuesto a recibirlo en mi casa, solo o con cinco gatos o quince amigos que vengan a pedir comida. Aquí estaré para aconsejarlo, para calmarlo cuando le rompan el corazón, para ver juntos películas de terror cuando deje de temerles, para darle propina cuando se quiera ir de fiesta, o para irlo a recoger cuando no esté sobrio.



Allí estaré para lo que sea que la vida le presente, y ella también estará lista. Incluso si decide decirnos adiós, cuando crea encontrar a su alma gemela.

 

Pero aún falta mucho para eso. Por ahora seguiré disfrutando de su inocencia de diez años, de su risa, de su humor y sus ocurrencias.

 

Seguiré siendo un papá completo, aunque nos veamos medio tiempo, porque creo que no hay nada en lo que quiera esforzarme más, porque ese pequeño llegó inesperadamente, cuando dejamos de buscarlo.