lunes, 22 de abril de 2024

Reencontrándome con mi yo escritor

De vez en cuando suelo entrar a mi antiguo blog. 

Tachando “antiguo”. Sustituyendo por “Difunto”. 

El verduguillo.blosgpot.com no existe más. Lo eliminé por esa loca idea mía de ir borrando mis huellas, haciéndole un favor al destino. No obstante, con lo que no contaba era que Wayback Machine lo rescataría en sus archivos antes de cometer el crimen. 


Recuerdo que cuando me enteré de este atrevimiento estaba enojado. Pensé que se estaba cometiendo algún delito contra la propiedad intelectual. “Derecho al olvido”, creo que dije alguna vez. Sin embargo, con el tiempo lo de Wayback acabó por hacerme gracia. Es más, de vez en cuando entro al enlace y veo lo que podría describir como la fotografía de una obra concluída. El blog acaba el 31 de diciembre de 2013. Aquel año había publicado 100 artículos, cumpliendo con una valla que me auto impuse a fines de 2012. Así que estaba satisfecho. Me acuerdo que estaba en Lima, de vacaciones con Paty y Angel, y me reportaba desde un Starbucks con mi tablet… estaba hecho un hipster: 

“Queridos amigos, tal parece que éste ha sido un gran año para este blog, en la medida de que se cumplieron todas las metas propuestas. En lo personal, quería dedicar un vídeo para conmemorar este evento, pero he tenido que salir de viaje y de momento sólo tengo un dispositivo móvil con una cámara low fi y una versión muy básica de blogger que no me permite ni alinear un párrafo.” 

Llegar a 100 entradas en un año fue un hito difícil de asimilar. Recuerdo que entonces me preguntaba mucho si volvería a llegar, si estaría a la altura. Entonces pasó el tiempo y, ante mi inacción, concluí que era un buen momento para dejarlo; así, por todo lo alto, en un número redondo. El verduguillo entonces no volvió a tener otra entrada hasta 2016, cuando finalmente lo eliminé. Y, desde entonces, no volví a escribir.

Volviendo sobre “escribir”. Añadiendo “escribir para ser leído”. 

Para ser sincero, escribo todo el tiempo, casi todos los días; pero todo lo que escribo son guiones y los guiones se convierten en videos. Por consiguiente, los últimos 10 años escribí para ser escuchado, no para ser leído como en la era Magenta o El Verduguillo.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde mi última novela, “Las aventuras del chico Fleitas”:  ¡Doce años desde que no escribo un libro! Y aunque es verdad que publiqué “La rifa” (2014) y “El universo no tiene cuentas premium” (2021), ambos ya estaban escritos. El primer título fue una compilación de cuentos que aparecieron en revistas y antologías; el segundo, un conjunto de conferencias que di en épocas de pandemia. Así que hasta ahora no ha habido nada nuevo que me conecte con aquel escritor que dejé de ser en el camino, en las fechas que El verduguillo dejó de existir. Hasta ahora.


De momento estoy terminando una nueva novela. La tarea por momentos me hace entrar en competencia conmigo mismo, en una batalla por superar viejas marcas y demostrarme que ahora soy un escritor maduro. Y eso me abruma. 

Tachando "abruma". Sustituyendo por "me detiene, a veces".

Lo que piensen los demás, francamente, como diría Rhett Butler, me importa un carajo. Escribo como solía hacerlo hasta aquel 31 de diciembre de 2013. A veces me entusiasmo. A veces me detengo. A veces escribo 10 páginas. A veces borro 3. Lo importante es que me siento libre, aunque a veces la ansiedad me supere. Sin embargo, sé que todo es parte del proceso. “La ansiedad es el vértigo de la libertad”, diría Soren Kierkegaard.

martes, 16 de abril de 2024

Carta abierta a mi hermana

 

Hace exactamente veinte años yo estaba a la mitad de mi carrera universitaria, demasiado metido en mis asuntos y tan desconectado de la realidad, que el saber que mi madre te daría a luz no alteraría los planes que tenía para ese día, que lo más probable eran salir con mis amigos a alguna fiesta de alguien a quien no conocía.


Desde el primer día que llegaste a la a casa yo siempre te vi de lejos, quizás porque cada vez que quería acercarme había demasiada gente a tu alrededor admirándote e intentando cuidarte, o tal vez porque me sentía un poco celoso.


Recuerdo que el día que te bautizaron yo llegué tarde, ni siquiera me vestí para la ocasión, sólo llegué para cumplir con la ceremonia, robarme algunos bocaditos y poder irme cuanto antes.


La infame foto del bautizo


 

Desde tus primeros años evité ser un hermano cariñoso y cercano a ti, en esa época mi vida fuera de casa era la que más me importaba, e intentaba estar lo menos posible con la familia. Tú no tenías la culpa, simplemente yo era joven e imbécil, no era capaz de valorar todo lo que tenía dentro de casa.

 

Siempre te hacía bromas pesadas hasta el punto de hacerte llorar muchas veces, pero aún así tú con tan pocos años tenías detalles tiernos conmigo, como hacerme algún dibujo o darme un abrazo. E incluso ser la más animada en participar cuando hicimos la foto de Star Wars.




 

El día que me fui por varios años del país te di un medio abrazo muy rápido a la ahora de despedirnos, estabas llorando por algo que querías en ese momento y no tenías a la mano. Tenías 4 o 5 años, no podía pedirte más.

 

Me perdí toda tu niñez, no estuve a tu lado en muchos cumpleaños y momentos importantes incluyendo tu paso a la primaria. Cuando muy de vez en cuando llamaba a casa para saludar sólo hablaba con mis padres, tú siempre estabas en la escuela y prácticamente nunca pudimos coincidir.

 

El estar lejos de casa me hizo valorar mucho más a la familia, empecé a extrañarlos mucho y desear en el fondo haber sido distinto contigo cuando eras más pequeña. 


Cuando regresé de visita después de dos o tres años fui de sorpesa a verte a la salida del colegio. Te busqué entre los demás niños y te vi, me miraste de lejos, gritaste mi nombre y corriendo te lanzaste a mis brazos para darme ese gran abrazo tan largo y fuerte que hasta ahora siento cada vez que te extraño.


(recreación)


 Desde entonces aprendí a quererte más, a valorarte como te lo merecías e intentar llenar ese vacío de amor que nunca te di.

 

Pasaron los años y regresé al país, ya todos habíamos crecido. Yo tenía un hijo que necesitaba toda mi atención y tú ahora eras la joven, la que prefería estar con sus amigos. La adolescencia te pegó fuerte.

 

Esta vez intenté estar en todos tus cumpleaños y fechas especiales, pero sentía que ya era un poco tarde, que no podríamos tener la relación de hermanos a la que me negué cuando aún eras muy pequeña.




 

Con el pasar del tiempo te fuiste transformando en una mujer admirable, tan preocupada por su familia, tan atenta y cariñosa, y además la más cercana a mi padre de todos los hermanos, y yo siempre agradeceré eso, eras la que nos representaba, sobre todo a mí, que ya no vivía en la misma casa y casi nunca tenía tiempo para estar con ustedes.





 

Encontraste a alguien a quien amar y eso me dio mucha paz y felicidad, el saber que alguien estaría a tu lado me hacía sentir seguro. Ver que alguien era capaz de merecer tu amor me causaba mucha alegría.

 

Pasó el tiempo, cada vez fuiste aprendiendo más y siendo más ambiciosa con tus planes al punto que decidiste que lo mejor sería irte a estudiar a la distancia.

 

Llegó el momento de tu partida, ahora eras tú quien se iba a buscar su futuro lejos de nosotros, a otro país tan lejano y distinto que era sorprenderte ver que te entusiasmaba dejar el nido, ya no había vuelta atrás.

Pero esta vez yo estaba contento, hiciste tanto en estos años que ya estabas preparada para enfrentar al mundo y todo lo que este pudiera lanzarte.

 

Hay tantas cosas que me hubiera gustado hacer contigo que siento que la vida se nos queda cada vez más corta, todo fluye tan rápido que sin darnos cuenta, acabas de cumplir 20 años.




 

Hoy que es tu primer cumpleaños que pasas lejos de casa, no puedo más que esperar que te hagas más fuerte con cada día que pase, que el sentimiento de ternura que hay en tu corazón sirva para llenar de amor esos miles de kilómetros que hoy te separan de la gente que amas.

 

Y yo, cada vez más viejo y gruñón, no puedo desear más que la próxima vez que te vea, darte un abrazo tan fuerte y sincero como el que me diste tú esa vez hace ya tantos años afuera de tu colegio.




 

Te amo con todo mi corazón.

martes, 9 de abril de 2024

La memoria es frágil

Regreso del supermercado después de comprar unos dulces para acompañar el café. Al costado del negocio hay un colegio y es la hora de salida. Veo a los niños con sus padres y recuerdo cuando tenía su edad: 7 u 8 años. De pronto, me encuentro en situaciones aisladas. Siento que puedo describir a grandes rasgos cosas como el aula en la casona, cuando mi mamá nos recogía en su pequeña moto o cómo me sentía cuando el abusivo de turno rondaba por mi pupitre. Pero faltan actores en este libreto. Muchos.

Hace pocos años me jactaba de tener memoria de todos los nombres y apellidos de los niños de ese salón. Hoy me es imposible nombrar a más de la mitad y, con suerte, recuerdo el apellido de 3 o 4. De chiripa me acabo de acordar de la maestra, la miss Carmelina (no me preguntes por su apellido). ¿Qué habrá sido de ella? Una pista: No es la que está en la foto.


¿Ubi Sunt?

La memoria es frágil y el olvido es implacable, pues bastó sólo un par de años de ejercitar el recuerdo para que mi mente borre los nombres y apellidos de estos chicos, como una inscripción en la arena a orillas del mar. Veo una foto de aquel tiempo y, entre conocidos, veo fantasmas. ¿Quienes son? ¿Cuáles eran sus nombres? ¿Por qué yo tengo una camiseta de Mickey mouse?


domingo, 7 de abril de 2024

Por qué me mudé a Buenos Aires (y sigo aquí)

Estuve releyendo mi última entrada y he tenido una impresión bastante negativa acerca de por qué elegí mudarme a Buenos Aires. Según lo escrito, todo parece indicar que llegué en un acto de escape, apalancado por una situación que no podía ir peor. Y aunque algo de cierto hay en eso, lo dicho solo responde a “por qué migré” y no contesta a “por qué ESPECÍFICAMENTE a Buenos Aires”. Peor aún: ¿Por qué continuar aquí, cuando no son los mejores años de la Argentina?

¿Qué hace usted acá?

A ver. Desde luego que Paty y yo sabíamos cosas. Previo a todo, desde 2017, con la convicción clara de que queríamos emigrar, visitamos varias ciudades candidatas. Sin embargo, ninguna superó la percepción que teníamos de Buenos Aires; ideas fundamentadas en vlogs de viajes, opiniones de conocidos y una visita relámpago que hice a Córdoba en 2009. Argentina, en ese sentido, nos parecía la mejor oferta. Pero, con todo y todo, Buenos Aires no dejó de ser un experimento. Cuando llegamos teníamos dinero para 3 meses. Pensamos: “si nos va mal (o no nos gusta) nos regresamos y listo”. Pero no fue así. Buenos Aires nos encantó y, a continuación, explicaré las razones:

Empezaré por decir, que Buenos Aires tiene muy mal ganado el apodo de “La ciudad de la furia”. Me parece que, descontando el clima (y la estima que le tengo a Cerati), no hay peor forma de describir a esta maravillosa ciudad. En mi experiencia, Buenos Aires es una urbe de personas amistosas, nobles, educadas, solidarias y felices. Basta echar una mirada a los parques y las plazas, a la tarde, cuando la gente se junta para compartir un mate, jugar pelota o simplemente echarse a la sombra de un árbol a disfrutar la naturaleza.

Sin carteles de “prohibido pisar el césped”

Así que yo podría decir que Buenos Aires es, en primer lugar, “la ciudad de los parques”, pues aquí he conocido los más hermosos que jamás vi: el parque Chacabuco, el parque Lezama, el jardín botánico, la costanera sur, los bosques de Palermo; entre muchos otros que celebran la vida y que, por fortuna, son libres, sin rejas, sin vigilantes y sin carteles de “prohibido pisar el césped”. Sí, yo antes pensaba que los parques eran para ser cuidados; para “engalanar” la ciudad (conservando, quizá, esa absurda idea de tener cosas solo para jactarse de ellas). Buenos Aires me ha hecho cambiar de parecer: Ahora pienso que los parques tienen que estar vivos porque es allí donde se inicia el sentido de comunidad. Los parques son puntos de encuentro, lugares de actividad física, espacios de ferias itinerantes, centros de recreación. Creo que una ciudad es grande no solo por sus edificios, sino por la capacidad de coexistir con la naturaleza, en equilibrio; cuando contiene el descanso de la urbe en las áreas verdes. En ese sentido, creo que muchas de las ideas negativas que la gente tiene sobre su ciudad refieren a urbes con carencia de parques, plazas o alamedas; razón por la cual el descanso es capitalizado por el mall o el centro comercial, que funciona como placebo social, promoviendo consumismo en lugar del sentir comunitario.

Groseramente monumental: un reservorio de agua.

La arquitectura de Buenos Aires es un capítulo aparte. Puede que sus edificios no sean tan antiguos y no conserve ese aspecto colonial de otras capitales latinoamericanas (por ejemplo, Lima). Pero, por su parte, Buenos Aires se toma la atribución de ser una ciudad groseramente monumental y ecléctica. En una misma cuadra conviven diferentes estilos: edificios neobarrocos, neoclásicos, Art deco, Art Nouveau, etc. En lo particular, nunca me canso de caminar por las avenidas, contemplando detalles inacabables; entre frisos, gárgolas, cúpulas y figuras incrustadas en las paredes. Buenos Aires es una ciudad hermosa y no depende de la estación; sea verano o invierno; bajo lluvia o a pleno sol. Buenos Aires es un continuo descubrir entre el esplendor y la melancolía.


La cultura es otro asunto importante. Voy a dejar de lado lo que se refiere a museos, sitios históricos y bibliotecas; pues toda ciudad suele tener algo a lo que denomina “su cultura”. No obstante, así como existe esta noción de cultura que se emparenta con el pasado y la tradición, también hay otra concepción menos practicada que es “generar cultura”. En ese sentido, son pocas las ciudades que como Buenos Aires se vuelcan a eso; a través de laboratorios como el Centro Cultural Recoleta o la Usina del arte, que son espacios vivos, libres, abiertos… quizá sin sentido aparente, pero que funcionan como plataforma de inspiración. Lugares donde uno va y son, genuinamente, lo que quieres que sean; puedes escribir una novela allí. Puedes armar una coreografía de danza moderna. Puedes rodar un cortometraje. No hay límites… más allá del horario.

Vi a un país entero celebrar

Paso de la comida. Creo que es cliché decir que la carne y el vino son buenos. Yo prefiero terminar este post con recuerdos de experiencias que no podría haber tenido en otro lugar: Me gusta decir que participé en la Feria del Libro más grande de habla hispana, que vi a un país entero celebrar la copa del mundo, que viajé en el metro más antiguo de Latinoamérica, que crucé la (otrora) avenida más ancha del mundo, que vi las obras de Van Gogh y Rembrandt en el Museo de Bellas Artes, que me senté en el mismo café que frecuentaba Borges, Cortázar y Sábato, que me perdí en La Boca, que me embriagué en San telmo y que regresé -no sé cómo- en la línea 2 a las 3 de la mañana, con un chofer que me dice: “¡Bajá con cuidado, rey!” . ¿Cómo no me va a gustar vivir acá?

viernes, 22 de marzo de 2024

Vengo del futuro para decir...

Escribo tras una gran elipsis. Mi último post fue de junio de 2015. Ciertamente, muchas cosas han cambiado desde entonces. Intentaré obviar, entre ellas, que el señor Melquiades se adueñó del blog, permitiéndose, por ejemplo, cambiar el subtítulo a:


Así que cumplido mi vaticinio de que esto se iba a convertir en una cápsula de tiempo, me permito tirar de la nostalgia y decir que, un año después de mi última aparición por aquí, me casé y los señores del blog asistieron a mi boda. Ahora bien, por algún capricho del fotógrafo, no se nos tomó una foto juntos; razón por la cual publico por separado dos imágenes: una de Paty y yo y otra de los muchachos, cuando planeamos que Gabriel reciba (pasivamente) la liga.



2016, Además, fue un gran año. Mi canal de YouTube empezó a ir realmente bien; de modo que, para fines de ese año, empecé a dedicarme a tiempo completo a él. De hecho, aún lo hago y sí, aún reditúa más que un sueldo mínimo. 2018, Sin embargo, fue un año complicado. Mi madre, que había enfermado de cáncer, perdió la vida y a esto se sumó el deterioro de la salud mental de mi hermana Natalia. En consecuencia, debí iniciar un proceso de apoyo y salvaguardia para hacerme cargo de ella (el cual fue largo, costoso y penoso); luego, pactar su divorcio con su desaparecido esposo; y, pro fin, reorganizar el estado del patrimonio familiar para que éste cubra los gastos de salud de mi hermana, como lo habría querido mi madre.

Por su parte, 2019 fue un gran año. Mi canal de YouTube llegó a la cima. Me hice famoso. Viajaba. Viajaba mucho. Ese mismo año, por ejemplo, estuve en Ecuador, Colombia y Brasil. Aquel 2019, además, me compré mi primer auto y saqué mi licencia de conducir. Aquí una foto cuando trajimos el carro de Lima. Era un Renault Clio de 2003. ¡Gran auto…! Pero, un poco caro de mantener.


En 2020 llegó una pandemia global por una gripe aparentemente extraña. Digo “aparentemente” porque sé que la posteridad acabará por clasificarla mejor que yo. En todo caso, aunque la consigna presente es hacer como si no pasó nada, lo cierto es que en 2020 Todo se puso patas arriba: Cerraron bares y restaurantes; sacaron al ejército a las calles; nos obligaron a estar en casa casi todo el día; cuando nos permitían salir, solo podía ser con mascarilla; las clases en las escuelas se dictaban por internet; prohibieron los viajes al exterior; y, así, un sinnúmero de cosas y decisiones mal tomadas que no tuvieron el menor efecto evitando que se propague el virus. En ese sentido Perú (¡cómo no!), se llevó el premio, al peor manejo, a nivel mundial.


Para 2021 (tras una aguda crisis política en la que se cambiaron 6 presidentes en 6 años) Paty y yo teníamos claro que teníamos que largarnos del país. Intentamos hacerlo tan pronto se abrieron las fronteras. No obstante, ocurrió un terremoto a fines de julio que dañó considerablemente el edificio en el que mi madre tenía sus propiedades. Así que tuvimos que postergar el viaje y tomar una deuda para restaurar el daño. A la fecha, aún no terminamos de pagar ese préstamo.

Para 2022 por fin Paty y yo conseguimos salir del país y nos instalamos en Buenos Aires, Argentina; país que nos ha acogido bastante bien y que, en muy poco tiempo, he podido llamar “mi hogar”. Desde entonces estamos viviendo en un modesto departamento en Caballito, disfrutando y amando cada instante que llevamos acá; pero, por otro lado, extrañando a los amigos.

Un porteñísimo yo en el Tortoni, discutiendo con Borges, Gardel y Storni

Acabo de tener una videollamada con Jonatan y Angel. Hablamos más de 3 horas de corrido. En un momento, Jonatan me remitió a una imagen que aparecía en este (casi olvidado) blog y que, por algún motivo, no tengo en mis archivos. La foto en cuestión es esta:


Son cuatro jarrones que Jonatan compró especialmente para nuestras reuniones. Los vasos tienen hielo y un trago que llamamos cariñosamente “comadreja sour”. Es la foto de una reunión perdida en el tiempo en la que aparecen detalles que me remiten a otra época, lejana ya: Piura, el departamento donde Jonatan ya no vive; el mantel con las fichas de una partida de poker que jugaríamos después de una noche de basket y de fondo un reflector casero que usábamos para grabar nuestro podcast; su “pocas” favorito: Co-ma-dre-jas.

miércoles, 15 de marzo de 2023

¿Papá a medias?

 

Era una fría mañana hace diez años, se veía la nieve caer afuera del hospital y yo tenía ya varias horas sin dormir. Pero ella la estaba pasando mucho peor, el dolor que manifestaba me hacía sentir impotente y no había nada que yo no pudiera hacer salvo esperar.  

De pronto los gritos se volvieron más agudos y allí estaba él. Un ser pequeñito cubierto de una capa blanquecina de grasa. Lo limpiaron, lo secaron y se lo acercaron a ella. De inmediato y por instinto se aferró al pecho que lo alimentaría. En ese momento supe que mi vida no volvería a ser la misma.




Me perdí el primer año de su vida, yo estaba en otro país y no pude hacer mucho desde tan lejos. Pero ella se esforzaba en mantenerme al tanto de su crecimiento. Al regresar sentí que volví a recuperar el tiempo perdido con mi pequeño, pero nos volvimos a alejar. Ahora vivíamos en casas distintas.

 

Cuando él era más pequeño yo intenté nutrirlo con mis gustos musicales y de películas, lo cual me trajo varias discusiones con ella. Yo sentía que él las disfrutaba, por ejemplo, íbamos en el auto cantando a viva voz canciones de Ramones o Gorillaz, y luego veíamos películas de super héroes en la casa.




 Pasó el tiempo y él ha ido creciendo, a veces se parece a mí, a veces a ella. A veces siento que no se parece a nadie de su familia, pero sigue creciendo y descubriendo su verdadero yo.

 

Es inteligente, cuidadoso, tierno, imaginativo, amoroso, optimista, leal y animalista como su madre. Pero es desordenado, impetuoso, perezoso, distraído, alocado y adicto a los videojuegos como yo. Sacó lo mejor de cada uno (guiño guiño).

 

 

Si bien no nos vemos a diario, ni lo acuesto a dormir todas las noches, o tampoco estoy allí cuando una pesadilla lo despierta en la madrugada, intento acompañarlo en otros momentos donde puedo aprovechar al máximo estar con él, jugar un rato, salir a pasear, hacer videos juntos o enseñarle matemáticas. Y quiero hacerlo ahora, porque no falta mucho para que elija pasar mil veces pasar el tiempo con sus amigos y no con sus padres. Pero es así, es normal, un proceso natural por el que no debería quejarme o afectarme, yo también pasé por eso.





A veces salimos los tres a comer, o nos vamos de viaje o simplemente vamos a la playa. Porque él debe entender que, aunque sus padres ya no están juntos, haremos siempre lo mejor para que él se sienta seguro, feliz y amado por nosotros dos.

 

Ella siempre se llevó el mayor trabajo, y la admiro por eso. Siempre estuvo despierta en esas madrugadas donde se puso enfermo, ha resistido más enfermedades a su lado, ha sufrido más disputas en el colegio, lo ha cargado muchas más veces que yo, se ha ganado cóleras y llantos discutiendo con él, donde yo no puedo hacer mucho para apaciguar esas dos mareas agitadas.




Ella siempre ha hecho más por él, y por eso yo no sólo estaré eternamente agradecido, sino que haré todo lo posible para que se sienta bien y tranquila. Es lo mínimo que puedo hacer en agradecimiento por cuidar más tiempo de él. Y, sobre todo, por haberlo traído al mundo.


 

Ya han pasado diez años desde esa fría mañana nevada en ese lejano hospital. Me da un poco de temor afrontar los años que aún están por venir, pero quiero encararlos con optimismo. Porque estoy seguro que a pesar de todo, no estoy haciendo un mal trabajo como padre. No creo ser un padre a medias, como alguna vez me lo han dicho. He intentado aplicar con él la misma paternidad amorosa que viví con mi padre, y no tengo mejor ejemplo.


 

Yo siempre estaré dispuesto a recibirlo en mi casa, solo o con cinco gatos o quince amigos que vengan a pedir comida. Aquí estaré para aconsejarlo, para calmarlo cuando le rompan el corazón, para ver juntos películas de terror cuando deje de temerles, para darle propina cuando se quiera ir de fiesta, o para irlo a recoger cuando no esté sobrio.



Allí estaré para lo que sea que la vida le presente, y ella también estará lista. Incluso si decide decirnos adiós, cuando crea encontrar a su alma gemela.

 

Pero aún falta mucho para eso. Por ahora seguiré disfrutando de su inocencia de diez años, de su risa, de su humor y sus ocurrencias.

 

Seguiré siendo un papá completo, aunque nos veamos medio tiempo, porque creo que no hay nada en lo que quiera esforzarme más, porque ese pequeño llegó inesperadamente, cuando dejamos de buscarlo.






domingo, 25 de septiembre de 2022

Él Mató a un Policía Motorizado

No, no es el titular de una noticia. Es el nombre del grupo del que voy a hablar ahora, sólo porque sí, porque poca gente conoce este gusto mío y porque hace unos días los volví a ver en concierto.

Era un 9 de mayo de 2015 la primera vez que los escuché. Había estado en casa con mis amigos en otra noche de póker y whisky barato. Solía irme a dormir dejando la tv puesta con música de YouTube, se reproducían canciones aleatorias que no conocía.


 

Estaba a punto de quedarme dormido cuando sonó una canción que me pareció hermosa. Con una letra que se repetía constantemente. Una voz medio rasposa intentaba ser tierna y melódica mientras la canción me hipnotizaba de a pocos. La letra hablaba sobre una chica llamada Jenny, y pocos saben que ése es uno de mis nombres favoritos. Así que para ser la primera vez que escuchaba la canción, ya me había rendido ante ella. 

Pero no quise levantarme de la cama, tal vez el whisky ya había hecho su efecto y no me dejaba ponerme en pie. Y luego, acabada esa canción siguió una más y logré identificar la misma voz. Esta vez las letras hablaban sobre pasar los últimos momentos con la persona que amas. Igualmente me hipnotizó.

Nuevamente no pude levantarme de la cama, pero esas dos canciones se quedaron impregnadas en mi subconsciente. Y mientras la tv seguía reproduciendo melodías aleatorias, me quedé dormido.

Al otro día ya con mis cinco sentidos volviendo a la normalidad, fui al historial de canciones que se estuvo reproduciendo durante toda la noche, buscando canción por canción hasta lograr ubicar esas dos melodías que tanto me habían llamado la atención. 


Y eso fue todo, me obsesioné en secreto de ellos. Él Mató a un Policía Motorizado me hacía sentir más triste cuando necesitaba estarlo (que era casi siempre) y me daba ciertas alegrías o pinceladas de esperanza cuando según mi estado de ánimo, lograba pensar en el amor, y sonreír (cuando era joven y en el amor creía).


Cada canción es como un mantra, con frases cortas o palabras que se repiten una y otra vez, las letras no son tan extensas pero suficientes para dejarme anonadado. La voz y los instrumentos parecen no encajar, pero terminan fusionándose de forma tan sublime, que no me hace más que querer seguir escuchándolos más tiempo.


Tuve la oportunidad de verlos en concierto en el Vivo x el Rock del 2019, fue una presentación accidentada y muy corta, ya que cada banda sólo tenía media hora de show. Grité y canté a todo pulmón las canciones, y saltaba cada vez que podía. Me sentí completamente alegre. Pero me dejaron con ganas de más.


Hace unos días tuve la oportunidad de volver a verlos en concierto, esta vez en un show de dos horas sólo de ellos, y en primera fila además.

Pero esta vez la experiencia fue totalmente distinta a la del 2019. Esta vez no sentí alegría, me invadió una gran sensación de melancolía y soledad. Era como estar solo frente al grupo, sentí que no había gente a mi costado, por más que casi todos saltaban y gritaban entonando las canciones. 

Yo cerraba los ojos y cantaba para mí, intentando acompañar al vocalista. No sé si porque ya tengo 40 años, o porque el olor de la yerba que se sentía por todas partes me había afectado un poco, o porque con los años siento estas canciones cada vez más profundas; pero me desconecté del resto del público, y disfruté del concierto a mi modo.

Lloré mucho cuando cantaron "Fuego" uno de mis temas favoritos. Era inevitable que mis lágrimas acompañaran la canción, salían de forma inconsciente (No lloraba en un concierto desde Arcade Fire, allá por el 2017) 

Y sí canté a viva voz cuando "Chica de oro""El mundo extraño" tuvieron su turno en el set list.


"Quiero estar con vos
Que me quieras así
Liquidado estoy
Esperando hasta el fin
Sé que es lo peor
Pero ésta es la mejor versión de mí"



Definitivamente este concierto lo llevaré en mi corazón por mucho mucho tiempo, por todo lo que significó y por cómo me hizo sentir.

Y sin más, los dejo con esas dos primeras canciones que escuché la primera vez, los mismos videos que se metieron en mi cabeza una lejana madrugada hace siete años:






 





viernes, 19 de agosto de 2022

¿Ya tengo 40 años?

 

Cuando era un niño feliz allá por mis 10 u 8 años e iba a un centro comercial, a la hora de pasar por caja siempre me parecía que las personas que atendían eran mucho mayores que yo. Esa sensación de que los otros eran los adultos me duró mucho tiempo. Y no sólo con las cajeras, sino con la gente en general que ofrecía algún servicio, como doctores, empleados, taxistas, etc.

 


Conforme pasaron los años y fui creciendo, aún sentía que yo era el más joven. Veía a todos con cierta admiración, elogiaba a las demás personas que podían prestarme cualquier tipo de servicio. -Algún día yo también seré grande- me decía siempre para convencerme que yo aún no había terminado de crecer.

 


Pero una mañana hace pocos años, desperté y fui al supermercado, llené el carrito de compras con los productos usuales que solía adquirir para pasar el fin de semana con mis amigos. Fui a caja y la persona que me atendió era una joven, evidentemente menor que yo. - ¿Qué está pasando? - pensé confundido.

 

No supe bien qué hacer. Después del supermercado fui al banco a tramitar mi tarjeta, y la persona que me atendió era al menos 10 años menor que yo. -Esto no puede ser normal ¿es que estoy en otro universo y no me he dado cuenta? –

 

Salí corriendo a la calle, confundido, desorientado, sin saber exactamente qué pasaba. Miré a mi alrededor y constaté lo peor que temía: todos eran menores que yo... la señora de la limpieza, el taxista que me esperaba, las parejas con hijos que paseaban de la mano, incluso la chica que me gustaba… TODOS.

 


Tuvieron que pasar muchos días para aceptar esa nueva verdad. ¿En qué momento crecí? Nunca me di cuenta, esa bofetada de realidad remeció toda mi interpretación del mundo. Ahora, el adulto, el grande, el mayor, era yo.

 

No pude aceptarlo, no podía resignarme a haber crecido. Pero no podía hacer más, así comprara todos los Transformers que no pude tener de niño y viera con mi hijo las películas que marcaron mi niñez, ya no había marcha atrás.

 

Y el tiempo volvió a pasar, de repente dejó de emocionarme cumplir años, de repente mi gata había fallecido a sus 12 años, de repente yo estaba solo, de repente Bowie había muerto, de repente mi hijo ya tenía 9 años, de repente sólo escuchaba The Cure.


 *****


Y esta mañana, abro los ojos y me doy cuenta que han pasado 40 años desde que llegué a este mundo. Me atemoriza la idea de envejecer y ser la carga de alguien más, la inutilidad física, el volverse dependiente de alguien más incluso para comer e ir al baño. Me atemoriza no poder ser consciente de partir de este mundo cuando yo quiera.

 

Temo por mi legado (por dejar uno en realidad). Temo que con cada año hay alguien menos en mi vida y no alguien más. Temo no poder ser capaz de acompañar a mi hijo cuando sea adulto y necesite un padre que lo aconseje (así como el mío me acompaña hasta ahora). Y sobre todo, temo por no poder pedir ayuda cuando realmente la necesite.

 

He cumplido 40 años. No sé si es ya el inicio del final de mi vida, o simplemente el comienzo de una vida nueva, de dejar atrás la oscuridad que me invade desde el 21 de agosto de 2000, de atesorar cada momento con mi familia, de decirles que los quiero cada vez que pueda, de abrazar a mis amigos cada vez como si fuera la última… de poder volver a amar.

 

Cuarenta años ya… volveremos a vernos 40 años después?




sábado, 16 de enero de 2021

La Carmen

Mi madre me enseñó a no hacer trampa. Tal vez ella no lo recuerde pero cuando yo tenía  6 años ella me estaba tomando la lección  y una de las preguntas era: ¿Qué es el diccionario? Yo tenía mi cuaderno al lado e intenté revisarlo para decir la respuesta, pero me descubrió y aprendí a la mala que eso no era honesto.


La Carmen representa un gran peso en mi vida. Creo que gracias a ella soy quien soy ahora. Esa mujer estuvo enseñándome (a su manera) cómo enfrentar el mundo. Por ejemplo, enseñarme a manejar bicicleta a punta de pellizcos o aprender a la mala que la comida jamás debía caerse del plato. 


Yo fui el experimento, la prueba, su primer intento de ser madre. Y quizás por eso no la pasé tan bien cuando crecía. Intenté huir muchas veces y otras tantas me encerraba en mi mundo con tal de no cruzarme con ella en la misma casa. El rockanroll a todo volumen y la puerta con llave de mi habitación eran mi único refugio cuando los castigos eran casi incontables.





Pero luego crecí, y ella creció conmigo. Ambos aprendimos de los errores y   de las cosas que no están bien. Ella tuvo la  oportunidad de ser madre más veces y estoy seguro que aprovechó cada una de esas etapas para ser cada vez mejor. Así que puedo decir con seguridad que mi última hermana conoce a la mejor versión de la Carmen hasta ahora, salvo que se anime por un descendiente más.


Pero, aunque ella tuvo más hijos, yo sólo tengo una madre, y no tuve la oportunidad de ir mejorando como ella. Aprendí de cero. Aprendí que en el fondo todo lo que hizo cuando éramos niños sirvió para algo. Porque no todos mis recuerdos son malos, muchos de ellos son tiernos y reales. 


Así que, puedo decir con seguridad que todo el amor que siento hoy por ella es real. Porque ese amor creció conmigo, y no tuve a otra persona más para dárselo. La Carmen es dueña de este sentimiento que me ha acompañado por mis treinta y tantos años . Y créanme cuando digo ella es y será la mujer más importante en mi vida.





Y claro que también la recuerdo con canciones. Tal vez ella no lo recuerde, pero yo sí. Yo tenía 5 años y mientras la Carmen planchaba la ropa, en la radio sonaba “La gata bajo la lluvia” de rocío Durcal. Y yo la miraba desde mi cuarto, hipnotizado al ver cómo la cantaba. 


Así que espero que se quede tranquila, que no tengo padres favoritos. Somos lo que somos gracias a ella.











sábado, 8 de agosto de 2020

El precio de un recuerdo

 

Cuando tenía unos 6 o 7 años me fascinaba el espacio y todo lo que tenga que ver con él. Me habían impactado varias películas como E.T., Starman, Star Wars y todos los dibujos animados que me hicieran fantasear con la idea de viajar al espacio.

Fue en esa época que mi padre me regaló para navidad la nave espacial de Playmobil. Yo estaba alucinado porque me pareció lo más bacán del mundo, sobre todo porque los trajes de los astronautas estaban basados en la peli "2001 Odisea del espacio" y al jugar con ella, yo siempre era el astronauta rojo.


A parte de la obvia alegría de tener un juguete tan bonito, esa nave se convirtió en una señal de que mi padre me entendía, era la primera vez que alguien me regalaba algo que yo realmente deseaba. Sin pedírselo, mi padre había atinado con el regalo perfecto para mí en ese momento. Esa nave representaba el amor y la gran admiración que tenía hacia mi padre.

Conforme pasó el tiempo se fueron perdiendo algunas piezas y rompiéndose, como lo haría cualquier niño con un juguete por más que sea su preferido e intente cuidarlo. Se desaparecieron algunos astronautas y poco a poco con el tiempo, la nave se esfumó.  Pero siempre se me quedó guardado el recuerdo de ese pequeño tesoro.

Nunca más volví a ver una de esas naves, ni en los supermercados ni en los comerciales de juguetes para las navidades siguientes.

Todo cambió hace un par de semanas, vi en una red social que alguien vendía una de estas naves en perfecto estado de conservación, con todos los accesorios y los tres astronautas completos, lo cual me pareció asombroso porque la fabricación de este modelo se descontinuó hace ya muchos años.

Miré las fotos del anuncio y sentí una gran nostalgia, el recuerdo del significado de esa nave me golpeó con furia. De repente yo era un niño sintiendo admiración y amor con la misma intensidad hacia mi padre, tal cual como cuando tenía siete años.


No lo pensé dos veces y la compré, era un precio alto, pero sentía que valía la pena. Será un firme recordatorio del cariño que le tengo a mi padre, que está tan cerca, pero a quien veo tan poco que a veces incluso me cuesta hablar con él. Pero allí está, esperando a que me anime a visitarlo. Tal vez vaya cuando no haya tanta gente en la playa o cuando no tenga dónde almorzar.


Ahora la nave, la misma que tuve de niño, pasará a estar en un lugar privilegiado de mi casa, protegido del polvo, de mi hijo y de cualquier niño que quiera jugar con ella, incluido mi niño interior.

viernes, 28 de abril de 2017

La princesa que no sabía besar

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano conocí a una princesa. Era menor que yo. Una niña angelical, pícara y traviesa. Su inocencia y ternura podían cautivar a cualquiera. Yo estaba de visita en aquella lejana tierra. Al partir, nunca la olvidé. Supuse que cuando ella creciera sería la típica princesa de los cuentos de hadas, la más dulce y tierna de todas ellas.


Pero estaba muy equivocado. Conforme pasó el tiempo la princesa creció. Cambió sus clases de cocina por cacerías en el bosque. Dejó de jugar con sus muñecos de trapo para jugar con príncipes ingenuos. Cambió las coletas por un cabello largo y naranja.

Dejó de ser la dulce princesa que esperaba historias en la noche para dormir y de cuya boca sólo salían palabras de aprecio y amor a los animales. Su cuerpo se desarrolló, se volvió hermosa a los ojos de cualquier mortal. Pero era dura, de mirada y palabras punzantes y frías.

Le gustaba devorar libros enteros sobre leyes y normas. Quería salir a comerse el mundo, conquistarlo. Derrotarlo si es posible.

Pobres aquellos príncipes que intentaban cortejarla. Ninguno estaba a su altura, ninguno era suficiente. Nadie le daba la felicidad que secretamente deseaba.

La princesa sólo los usaba para mantener compromisos orquestados para no perder su título real. Curiosamente, los desdichados príncipes al cabo de un tiempo terminaban destrozados, humillados, con el corazón hecho trizas y despojados de sus tesoros.


 La princesa se lo quedaba todo, hasta el alma. Podía poseer cuanto quisiera y a quien quisiera.

Pasó mucho tiempo hasta que volví a encontrarla. Era de madrugada cuando nuestros caminos se cruzaron una vez más. Ella había salido de cacería en un bosque lejano y se había perdido. Su mirada fue de alivio cuando me vio. Aunque no quiso aceptar que necesitaba ayuda, accedió gustosa subirse a mi carruaje.

Me reconoció al instante.  Yo apenas había cambiado un poco en todos esos años. Seguía muy flaco y con el cabello largo. Cantando con mi grupo en las aldeas donde me inviten. Sin un castillo que poder ofrecerle ni riquezas que pudieran sorprenderla.

Pero fue amable conmigo. Conversamos por horas sobre tantos temas y nos dimos cuenta que teníamos infinidad de cosas en común, sobre todo musicales. Incluso me contó que hace muchos años fue a verme secretamente cuando me presenté en un pueblo cercano a su reino.

Estaba encantado. Fue como si todo lo que me habían contado de ella no importara. Y en un momento crucial e inesperado de la madrugada, besarla fue inevitable.



Yo, que había conocido a tantas doncellas a través de mis viajes y en tantos años, supuse que el beso de una princesa sería la experiencia más maravillosa de todas. Pero no fue así. La princesa no sabía besar.

Fue el beso más extraño que tuve. No pude esconder mi desconcierto y se lo dije directamente “No pensé que no supieras besar”. Ella se indignó. Me dijo que todos sus príncipes le habían dicho que sus besos eran los mejores que jamás hubieran probado.

Tuve que destrozar su ilusión. Le dije la verdad, que ellos dirían lo que sea para no perderla. Ella no quiso aceptarlo. Su cólera era evidente. Se bajó del carruaje prometiendo no volver a verme.

Sin embargo la princesa no reparó en algo. Tal vez por mi edad o mi experiencia, nadie la había besado tan bien como yo. Y eso le hacía perder la razón. Ella sentía rabia por mí porque yo era consciente que ella no sabía besar, pero a la vez enloquecía por volver a probar mis labios.  

La princesa rompió su promesa. Se escapaba de su alcoba cada vez que podía para poder pasar las madrugadas conmigo. Me besaba intensamente. Pero al acercarse el amanecer, la dualidad en ella reinaba otra vez. Con cada mañana su cólera volvía. Me decía que me odiaba por decirle que no sabía besar. Y se marchaba dando un portazo al carruaje.

Y así cada vez que huía conmigo. Tierna de madrugada, pero una fiera al amanecer.

Yo estaba encantado con ella. Adoraba pasar esas madrugadas huyendo de su reino y ocultándonos en los lugares más insospechados. Pero no le daba importancia a su cólera. Porque sabía que tarde o temprano volvería a buscarme. Y así sin darme cuenta, empecé a quererla.

Ella empezó a cambiar conmigo. Su cólera era cada vez más fuerte. Los gritos se trasformaron en insultos, y los insultos en maldiciones. La cólera ya no sólo despertaba al amanecer. A veces incluso reinaba de madrugada.

No lo pudo superar. Ella cambió conmigo cuando yo estaba dispuesto a cambiar por ella, incluso dejar mi grupo musical y mudarme cerca de su castillo. Pero su ira no retrocedió. Crecía cada vez que compartía una madrugada conmigo.

Una noche la esperé según lo acordado. Esa noche quería sorprenderla contándole que por fin había renunciado a mi grupo musical, además de enseñarle el título de mi nueva propiedad cercana a la suya. Pero sobre todo, para decirle que no me importaba que no supera besar, que a pesar de todo, la amaba. Aguardé pacientemente pero nunca apareció.

La esperé cada madrugada a las puertas de su castillo. Apenas alcanzaba a ver la luz de las velas en la torre donde ella dormía, pero ni siquiera se asomó a la ventana.

Una madrugada me cansé de esperarla. No volví a acercarme a su castillo ni a su reino. Tuve que matar lentamente el amor que tanto me había costado construir para ella. Tuve que destrozarlo todo. 

Me pregunto si fui yo uno más que no estuvo a su altura, o si sólo fui un capricho para ella, una obsesión por los besos que yo le daba. O si me amó verdaderamente y decidió no verme más para no convertirse en la típica princesa de los cuentos de hadas.


No la volví a ver jamás. Me pregunto a veces en mi soledad y acariciando mi larga y canosa barba ¿Qué será de aquella hermosa princesa? La única que no sabía besar.