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martes, 6 de agosto de 2024

Tú siempre haciendo problemas

Hace poco mis excompañeros del colegio me agregaron a un grupo de Whatssap para coordinar nuestras bodas de plata. Al entrar a la conversación (contrario a lo que pensé) percibí un ambiente de alegría colectiva. La gente mandaba audios, saludaba, hacía bromas y, en el colmo de lo imprevisible, hubo quien tomó asistencia, como si estuviésemos en el salón de clase, hace 25 años.

Fue una noche muy agradable, a decir verdad. Me distraía un rato y luego veía que tenía 60 mensajes perdidos o que algún excompañero me escribía por privado: “¿Qué tal Josué cómo andas?”, “¿Qué es de tu vida?”, “¿te acuerdas de fulanito?”, “¿Cómo se apellidaba?”, “¿mengano terminó con nosotros o se fue antes?”, “¿Quién es el que está en esta foto?”

Pero, así como decía mi mamá “después de la risa llega el llanto”, la alegría acabó por dar paso a una discusión totalmente absurda, casi por mi culpa.

Resulta que un excompañero se mandó con un discurso a todas luces huachafo que incluía una serie de bendiciones católicas, repartidas en decenas de mensajes de voz. Imagino que el asunto resultó denso y que nadie escuchó detenidamente sus audios; pues, entre una cosa y otra, este excompañero daba por hecho que íbamos a hacer una serie de actividades (dígase parrilladas u otros eventos que implican imprácticas gestiones). Yo me atreví a decirle que no estaba de acuerdo. Advertí que “en mi caso”, prefería directamente hacer un pago y evitar molestias. Fui muy amable en decírselo. Es más, copio mensaje para dejar constancia:




Sin embargo, bastó eso para que se armen dos bandos irreconciliables: por un lado, quienes sí querían organizar eventos y con ello fomentar el compañerismo; y por el otro, quienes preferíamos hacer un depósito único (o en cuotas) y así evitar cobranzas, “desaparición” de fondos y cualquier otra situación negativa que, por desgracia, ya vivimos en el pasado.

La discusión escaló a instancias en las que preferí no intervenir. Me quedé apenas contemplando cómo se materializaba aquello que decía el Joker de Ledger: “introduce un poco de anarquía, altera el orden establecido y todo se volverá caos”. 

De pronto, una excompañera con más autoridad moral que yo puso freno y sugirió que el sábado hagamos una reunión virtual por zoom para decidir si hacíamos “actividades” o pagábamos una cuota. Como a mí me pareció un exceso opiné que era innecesario, que para votar podíamos hacerlo en ese momento. Pero… además tuve la mala fortuna de añadir: “por último, no creo que podamos reunirnos en zoom 30 personas a la vez”. Mi comentario debe haber caído muy mal, porque alguien desde un número no registrado me respondió: “Ay Josué, tú siempre haciendo problemas”.

La cuestión es que con todo y todo, el sábado me senté frente a la compu, esperando que la gente se conecte, que nos envíen el link del zoom, que se manifiesten… Sin embargo, pasó una hora y nadie dijo ni pío. Entonces pregunté al grupo: “¿Va a haber reunión?” De pronto, alguien me secundó: “¡Cierto!, ¿Qué fue del link?”. Pero no hubo más; ni reunión, ni acuerdo, ni bodas de plata.

martes, 25 de junio de 2024

Un día de mala suerte

¡Qué habilidad tienen los días para agrupar eventos desafortunados! Siendo un tipo racional, me enfado conmigo mismo al concluir con tanta ligereza que la "mala suerte" existe e intento encontrar una explicación. Pero días como el de hoy me dejan asombrado.

No tiene nada que ver con la historia pero me gustó el concepto.

Todo comenzó por la tarde (porque trabajo de madrugada y duermo en la mañana). Tenía como objetivo ir a cobrar una remesa a la agencia de Argenper. Decidí ir caminando porque los pasajes en transporte público han subido mucho y porque cada vez que tengo la oportunidad prefiero hacer algo de ejercicio. Además en el camino había una plaza que conmemoraba a Giordano Bruno y quería pasar por allí. ¿Qué podría salir mal? Todo.

Cuando llegué a la plaza estuve buscando afanosamente la figura que había visto por internet. Como no la encontraba, entonces decidí consultar y me di cuenta que todas las fotos que había visto eran de otra plaza en México. Vale, hasta acá, me reí de mí mismo por despistado. Quizá, me dije, no investigué más porque asumí que una plaza llamada "Giordano Bruno", debía tener por lo menos una referencia a Giordano Bruno. Pero de él parece que solo tenía el nombre. Y una cancha de fulbito.

En fin, decidí caminar con el frío de la tarde, a menos de 10°C pero empezó a llover, a pesar de que no había pronóstico de lluvia. Mi instinto, cual perro de Pavlov, me hizo suponer que podría entrar a un café y aguardar un rato a que el mal tiempo pase, como habría hecho en mejores momentos económicos. Así que pronto me hallé a mí mismo saboreando mentalmente un café que no iba a poder disfrutar, básicamente, porque no tenía dinero para pagarlo. No me quedó más remedio que seguir andando bajo la lluvia.

Saborear un café que no se puede pagar.

De pronto, recibí una llamada. Eran los de Argenper para decirme que me esperaban mañana en la agencia. Yo les respondí "¿Mañana? ya estoy en camino". Me informaron que los pagos solo se hacían hasta las 5 y eran las 5:20pm. Yo les dije que estaba a 20 minutos y que igual iba a llegar. Tenía entendido que el negocio estaba abierto hasta las 6. Contestaron: "Bueno, andá. A lo mejor el cajero puede hacer algo". Llegué a las 5:40pm. El local cerrado.

Así luce un local que cierra a las 6:00pm, a las 5:40pm.

Tengo que decir que hasta ese momento aún me encontraba ecuánime. Sabía que las cosas no habían salido bien, en parte por mi falta de precaución. Además, añadía, he llegado hasta acá por un asunto personal, por decir que caminé hasta la agencia, porque bien pude haber abandonado la empresa a medio camino. Así que decidí ir a tomar un colectivo de regreso, que hoy por hoy es tontamente más barato que el metro. Entonces... se me apagó el celular. Se me acabó la batería allí, en mi cara.

Para cualquier lugareño esto no es mayor inconveniente pero para mí es una pesadilla. Me cuesta mucho viajar en bus porque tengo que enfrentar al conductor (o cobrador) y decirle claramente a dónde voy, lo cual nunca sé con precisión. Por último, muchas veces no me entienden, me cobran cualquier cosa y me dejan lejísimos de mi destino. Por eso necesito tener internet para saber qué líneas van exactamente donde quiero, cómo luce tal línea, qué variante de la línea es y dónde están las putas paradas. Nunca es tan fácil como subir y decir "Rivadavia al 6000", básicamente porque en Buenos Aires como en Lima y en todas las ciudades donde existen buses urbanos, el que viaja en colectivo o pertenece al club secreto de los que usan la misma línea o nace sabiendo y, todos los demás, deben ser humillados o maltratados.

La cuestión es que no podía viajar en colectivo; razón por la cual caminé hasta el metro, que lo conozco mejor y, al ser impersonal, me trae muchísimos menos problemas. Sin embargo, resulta que tenía que cargar mi tarjeta SUBE. Fui a un quiosco y le dije al de la tienda, un tipo sumamente comodón: "quiero recargar 2000 pesos, que es todo lo que tengo". El de la tienda me respondió que si no compraba nada solo podía cargar 500. Medio enojado, le acepté la maña. "Listo, su saldo es de 165 pesos", me confirmó el rufián. Al parecer, la tarjeta estaba en negativo y parte de esos 500 pesos se consumieron con la deuda.

"¿Y ahora qué hago?", me pregunté. El pasaje del metro, según la web de la ciudad estaba en 650. Con 165 de saldo no podría completar un pasaje. Resignado, caminé a la estación, pensando gastar mis últimos 1500 en otra recarga. Llegué al subte y vi algo que de pronto me alentó: el encargado de la estación estaba haciendo pasar a todo el mundo gratis porque parece que se habían quedado sin sistema. Bajé las escaleras como Chris Gardner pensando: "Esta pequeña parte de mi vida se llama felicidad". Sin embargo, a escasos metros de la puerta alguien le avisa al empleado que el sistema había regresado e inmediatamente me señala el lector de tarjetas. "No tengo saldo", le comenté, esperando compasión. "Vení a recargar", me respondió, privándome de todo beneficio.

Así que tomé los 1500 pesos que tenía y los cargué a la tarjeta. Sin embargo, al usarla para entrar vi que la máquina de la puerta no me la leía. El encargado me dijo: "Pasá a la otra". Fui a la siguiente máquina y al entrar vi que marcaba algo extraño: "Saldo restante 365". "Está loca", pensé. "He recargado 1500. El pasaje está 650. Sin contar lo que tenía antes, debo tener para un pasaje más por lo menos", calculaba, y pensaba que iba a revisar bien ese asunto llegando a mi destino. 

En el andén, observé con impaciencia el paso de los trenes; todos tan llenos como el metropolitano en hora punta. Me preguntaba cómo podía ser que con estos precios aún la gente use masivamente este transporte. ¿Están todos locos o es que estoy tan pobre que no me he enterado?

Al fin me subí en un tren en el que por lo menos no tenía que reñir con la física para respirar. Llegué así a la estación, un rato después, cansado, de mal humor y con un dolor de espalda que me está jodiendo desde hace una semana y que se agudizó por mi gran idea de salir a caminar.

En la estación lo primero que hice fue revisar mi saldo en la tarjeta. En efecto, solo tenía 165 pesos. Pregunté en la boletería a qué se debía y me contestaron que quizá no me fijé y pasé la tarjeta dos veces en el viaje anterior. Así pues, mañana sin dinero, sin pasaje y con la espalda jodida, tendré que volver a ir caminando hasta Argenper, perdiendo un segundo día de trabajo; todo por mi despiste o, simple y llanamente, por mala suerte.

sábado, 22 de junio de 2024

A mi psicólogo le caigo mal

El psicólogo no es tu amigo. Entiendo que la gente piense que sí porque en las terapias se emplean métodos parecidos. Asistes a una sala acogedora, te preguntan cómo te sientes, te invitan a contar cosas muy íntimas durante varios meses, te aconsejan, te brindan soporte emocional, te ayudan a ser consciente de las cosas que andaban mal, etc. Así que uno tiende a creer que hay una conexión de por medio. Pero no es así. Además, el psicólogo es el principal interesado en que no se establezca tal cosa. A fin de cuentas es un tipo que está tratando con gente que tiene algún tipo de desorden mental.

Cuando empecé a ir a terapia, tenía muy clara esta idea. Sin embargo, en varios momentos vi comprometida esta convicción. Por ejemplo, alguna vez él me dijo: "Ah, eres filósofo, entonces vamos a tener charlas interesantes"... Y esto se materializó en una sesión en la que me dediqué a criticar el psicoanálisis. Me parece que mi psicólogo no se lo tomó a bien: No hizo ningún apunte, no hizo preguntas, mostró mucho desinterés. La verdad, no era mi intención echar por tierra su profesión; tampoco mostrarme como un sabelotodo. Solo quería saber hasta qué punto defendía esas ideas. Así se lo dije y añadí: disculpa si te fastidié, a veces soy medio pesado. No me respondió nada.

"El psicólogo no es tu amigo", me repetía yo mismo. Pero al vernos después de un feriado le preguntaba "¿cómo está tu familia?" A lo que él respondía parcamente: "bien". En otra ocasión alabé su buen gusto. Le dije que la decoración de su oficina me encantaba. Él, sin embargo, me cambió el tema. Incluso alguna vez le comenté que se veía bien para tener 45 años, pues pensaba que era menor que yo. No me dio respuesta. Intuyo que no lo hacía de mala onda sino que era su forma de evitar que los pacientes se pasen de la raya, su manera de mantener el asunto "profesional".

No puedo decir que me trató mal, sin embargo. Fue inteligente, comprensivo y también muy paciente conmigo. Además, me permitía quedarle debiendo las sesiones si no tenía dinero. En resumen, creo que me ayudó mucho; quizá no de una forma práctica, como podría hacerlo la terapia cognitiva conductual, pero sí de una forma más metafísica, más profunda, aquella que va más allá de la psicología como conjunto de "truquitos y tips".

No obstante, un hecho sí que fue determinante en mi comprensión del asunto.

Resulta que, al momento de dejar la terapia, ocho meses después, me tomé el atrevimiento de escribirle un texto más o menos extenso en el que le manifestaba mi agradecimiento por su dedicación, esperando contar con él en el futuro. Han pasado tres meses desde entonces. Nunca me respondió.

Al principio anduve un poco resentido. Pensaba: "¿Qué le costaba decir 'igualmente', 'gracias a ti', 'cuídate', 'que te vaya bien'? No... me dejó en visto. ¿Acaso, en efecto, le caía mal? ¿Debería escribirle para preguntar por qué no respondió mi mensaje?

Con el tiempo descubrí que no. Entendí que aquella afectación mía estaba sustentada por una idea falaz: creía erradamente que todo lo que le había contado, a lo largo de varios meses, equivalía a una relación de amistad y por eso me dolía que no haya ningún tipo de despedida. Pero luego recordé que nunca existió tal relación, que él siempre fue un médico que quería llevar las cosas de modo profesional y que, quizá no es que le "caigo mal", sino que, como ya sabía desde un principio, el psicólogo no está y nunca estuvo para ser de amigo.

lunes, 27 de mayo de 2024

El banco me dio 300 soles


El otro día se malogró mi caloventor (aquel ventilador que echa aire caliente). Si bien aún es otoño, las temperaturas han estado muy bajas este año; por ejemplo, las mínimas están en promedio 7°C. Así que con los pies fríos y temiendo un invierno extremadamente frío decidí de inmediato comprar un aparato nuevo.

Entré a Mercado Libre. Seleccioné un modelo de mi preferencia. Ingresé mi tarjeta de crédito. Error. Volví a ingresar los datos. Error. Pensé que a lo mejor había marcado la opción incorrecta. Regresé para ver si puse débito en lugar de crédito e intenté nuevamente. Error. A continuación, recibí un correo pidiéndome que me ponga en contacto con mi banco. Mercado libre no podía procesar la compra.

No era la primera vez que la tarjeta me falla. Para el cumpleaños de Paty quise pagar una torta y me la rechazaron repetidas veces, en una incómoda cola. Así que bueno, dije, creo que ya viene siendo tiempo de reclamar y armarme de paciencia para usar el único canal del que dispone el banco para atender estos problemas: Un chat por whatsapp.

Paciencia.

Después de un buen tiempo el banco me informó que mi tarjeta estaba bloqueada. Yo les pedí que por favor la desbloqueen, que quería usarla. Ellos me contestaron que no depende del banco porque es un bloqueo de la SBS, para protegerme del sobreendeudamiento. Yo me enojé: "¿Qué sobreendeudamiento? No tengo deudas y hace 2 años no compro nada a crédito; además, he venido pagando una membresía anual. ¡Se me hace injusto!"

Antes de que pudieran responder, añadí: "quiero cancelar la tarjeta".

No era un acto de revancha, sino de prudencia. Faltaban pocos meses para que me vuelvan a cobrar la membresía (300 soles) y, si no podía usar el plástico, no quería seguir pagando por él. No obstante, la persona que me atendía, entre emojis de caritas sonriendo y gestos de oración, me dijo: "Podemos devolver la membresía del año anterior y después solicitar el desbloqueo. Como la tarjeta estuvo bloqueada no se le cobrará membresía el año presente".

Y así consiguieron disuadirme. Pero, ¿Por qué? ¿Para qué conservar una tarjeta de crédito que casi no uso y que, además, no he necesitado en los últimos años?

En "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" Max Weber reflexiona sobre la sociedad de su tiempo (principios del siglo XX) y concluye que los protestantes son más ricos que los católicos porque hacen de su trabajo y sus empresas una forma de adorar a su dios. Por el contrario, los católicos se concentraban demasiado en condenar a quienes tenían riqueza. Lo interesante aquí es lo que Weber dice sobre el crédito: el protestante se siente digno como sujeto de crédito. Para él el crédito, más que hacerte víctima de un sistema degenerado, es un signo de que eres un tipo confiable, que eres honesto, que eres bienvenido.

Yo no soy protestante. Ni siquiera soy cristiano. Sin embargo, no puedo evitar relacionar a Weber con algo que en una ocasión me dijo mi madre cuando le pregunté por qué seguía aceptando tantas tarjetas de crédito sin necesidad. Ella me respondió: porque no a todos les dan crédito. Yo no lo entendía entonces, tras una terrible experiencia que me hizo pasar al INFOCORP. Sin embargo, con los años, mis lecturas y una perspectiva de la vida más madura... acabo por entender. Razón por la cual hoy he decidido quedarme con los 300 soles que me acaba de devolver el banco, solicitar que la SBS me desbloquee, y guardar, por fin, mi vieja tarjeta Visa Platinum que no volveré a usar (probablemente) nunca más.

lunes, 22 de abril de 2024

Reencontrándome con mi yo escritor

De vez en cuando suelo entrar a mi antiguo blog. 

Tachando “antiguo”. Sustituyendo por “Difunto”. 

El verduguillo.blosgpot.com no existe más. Lo eliminé por esa loca idea mía de ir borrando mis huellas, haciéndole un favor al destino. No obstante, con lo que no contaba era que Wayback Machine lo rescataría en sus archivos antes de cometer el crimen. 


Recuerdo que cuando me enteré de este atrevimiento estaba enojado. Pensé que se estaba cometiendo algún delito contra la propiedad intelectual. “Derecho al olvido”, creo que dije alguna vez. Sin embargo, con el tiempo lo de Wayback acabó por hacerme gracia. Es más, de vez en cuando entro al enlace y veo lo que podría describir como la fotografía de una obra concluída. El blog acaba el 31 de diciembre de 2013. Aquel año había publicado 100 artículos, cumpliendo con una valla que me auto impuse a fines de 2012. Así que estaba satisfecho. Me acuerdo que estaba en Lima, de vacaciones con Paty y Angel, y me reportaba desde un Starbucks con mi tablet… estaba hecho un hipster: 

“Queridos amigos, tal parece que éste ha sido un gran año para este blog, en la medida de que se cumplieron todas las metas propuestas. En lo personal, quería dedicar un vídeo para conmemorar este evento, pero he tenido que salir de viaje y de momento sólo tengo un dispositivo móvil con una cámara low fi y una versión muy básica de blogger que no me permite ni alinear un párrafo.” 

Llegar a 100 entradas en un año fue un hito difícil de asimilar. Recuerdo que entonces me preguntaba mucho si volvería a llegar, si estaría a la altura. Entonces pasó el tiempo y, ante mi inacción, concluí que era un buen momento para dejarlo; así, por todo lo alto, en un número redondo. El verduguillo entonces no volvió a tener otra entrada hasta 2016, cuando finalmente lo eliminé. Y, desde entonces, no volví a escribir.

Volviendo sobre “escribir”. Añadiendo “escribir para ser leído”. 

Para ser sincero, escribo todo el tiempo, casi todos los días; pero todo lo que escribo son guiones y los guiones se convierten en videos. Por consiguiente, los últimos 10 años escribí para ser escuchado, no para ser leído como en la era Magenta o El Verduguillo.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde mi última novela, “Las aventuras del chico Fleitas”:  ¡Doce años desde que no escribo un libro! Y aunque es verdad que publiqué “La rifa” (2014) y “El universo no tiene cuentas premium” (2021), ambos ya estaban escritos. El primer título fue una compilación de cuentos que aparecieron en revistas y antologías; el segundo, un conjunto de conferencias que di en épocas de pandemia. Así que hasta ahora no ha habido nada nuevo que me conecte con aquel escritor que dejé de ser en el camino, en las fechas que El verduguillo dejó de existir. Hasta ahora.


De momento estoy terminando una nueva novela. La tarea por momentos me hace entrar en competencia conmigo mismo, en una batalla por superar viejas marcas y demostrarme que ahora soy un escritor maduro. Y eso me abruma. 

Tachando "abruma". Sustituyendo por "me detiene, a veces".

Lo que piensen los demás, francamente, como diría Rhett Butler, me importa un carajo. Escribo como solía hacerlo hasta aquel 31 de diciembre de 2013. A veces me entusiasmo. A veces me detengo. A veces escribo 10 páginas. A veces borro 3. Lo importante es que me siento libre, aunque a veces la ansiedad me supere. Sin embargo, sé que todo es parte del proceso. “La ansiedad es el vértigo de la libertad”, diría Soren Kierkegaard.

martes, 16 de abril de 2024

Carta abierta a mi hermana

 

Hace exactamente veinte años yo estaba a la mitad de mi carrera universitaria, demasiado metido en mis asuntos y tan desconectado de la realidad, que el saber que mi madre te daría a luz no alteraría los planes que tenía para ese día, que lo más probable eran salir con mis amigos a alguna fiesta de alguien a quien no conocía.


Desde el primer día que llegaste a la a casa yo siempre te vi de lejos, quizás porque cada vez que quería acercarme había demasiada gente a tu alrededor admirándote e intentando cuidarte, o tal vez porque me sentía un poco celoso.


Recuerdo que el día que te bautizaron yo llegué tarde, ni siquiera me vestí para la ocasión, sólo llegué para cumplir con la ceremonia, robarme algunos bocaditos y poder irme cuanto antes.


La infame foto del bautizo


 

Desde tus primeros años evité ser un hermano cariñoso y cercano a ti, en esa época mi vida fuera de casa era la que más me importaba, e intentaba estar lo menos posible con la familia. Tú no tenías la culpa, simplemente yo era joven e imbécil, no era capaz de valorar todo lo que tenía dentro de casa.

 

Siempre te hacía bromas pesadas hasta el punto de hacerte llorar muchas veces, pero aún así tú con tan pocos años tenías detalles tiernos conmigo, como hacerme algún dibujo o darme un abrazo. E incluso ser la más animada en participar cuando hicimos la foto de Star Wars.




 

El día que me fui por varios años del país te di un medio abrazo muy rápido a la ahora de despedirnos, estabas llorando por algo que querías en ese momento y no tenías a la mano. Tenías 4 o 5 años, no podía pedirte más.

 

Me perdí toda tu niñez, no estuve a tu lado en muchos cumpleaños y momentos importantes incluyendo tu paso a la primaria. Cuando muy de vez en cuando llamaba a casa para saludar sólo hablaba con mis padres, tú siempre estabas en la escuela y prácticamente nunca pudimos coincidir.

 

El estar lejos de casa me hizo valorar mucho más a la familia, empecé a extrañarlos mucho y desear en el fondo haber sido distinto contigo cuando eras más pequeña. 


Cuando regresé de visita después de dos o tres años fui de sorpesa a verte a la salida del colegio. Te busqué entre los demás niños y te vi, me miraste de lejos, gritaste mi nombre y corriendo te lanzaste a mis brazos para darme ese gran abrazo tan largo y fuerte que hasta ahora siento cada vez que te extraño.


(recreación)


 Desde entonces aprendí a quererte más, a valorarte como te lo merecías e intentar llenar ese vacío de amor que nunca te di.

 

Pasaron los años y regresé al país, ya todos habíamos crecido. Yo tenía un hijo que necesitaba toda mi atención y tú ahora eras la joven, la que prefería estar con sus amigos. La adolescencia te pegó fuerte.

 

Esta vez intenté estar en todos tus cumpleaños y fechas especiales, pero sentía que ya era un poco tarde, que no podríamos tener la relación de hermanos a la que me negué cuando aún eras muy pequeña.




 

Con el pasar del tiempo te fuiste transformando en una mujer admirable, tan preocupada por su familia, tan atenta y cariñosa, y además la más cercana a mi padre de todos los hermanos, y yo siempre agradeceré eso, eras la que nos representaba, sobre todo a mí, que ya no vivía en la misma casa y casi nunca tenía tiempo para estar con ustedes.





 

Encontraste a alguien a quien amar y eso me dio mucha paz y felicidad, el saber que alguien estaría a tu lado me hacía sentir seguro. Ver que alguien era capaz de merecer tu amor me causaba mucha alegría.

 

Pasó el tiempo, cada vez fuiste aprendiendo más y siendo más ambiciosa con tus planes al punto que decidiste que lo mejor sería irte a estudiar a la distancia.

 

Llegó el momento de tu partida, ahora eras tú quien se iba a buscar su futuro lejos de nosotros, a otro país tan lejano y distinto que era sorprenderte ver que te entusiasmaba dejar el nido, ya no había vuelta atrás.

Pero esta vez yo estaba contento, hiciste tanto en estos años que ya estabas preparada para enfrentar al mundo y todo lo que este pudiera lanzarte.

 

Hay tantas cosas que me hubiera gustado hacer contigo que siento que la vida se nos queda cada vez más corta, todo fluye tan rápido que sin darnos cuenta, acabas de cumplir 20 años.




 

Hoy que es tu primer cumpleaños que pasas lejos de casa, no puedo más que esperar que te hagas más fuerte con cada día que pase, que el sentimiento de ternura que hay en tu corazón sirva para llenar de amor esos miles de kilómetros que hoy te separan de la gente que amas.

 

Y yo, cada vez más viejo y gruñón, no puedo desear más que la próxima vez que te vea, darte un abrazo tan fuerte y sincero como el que me diste tú esa vez hace ya tantos años afuera de tu colegio.




 

Te amo con todo mi corazón.

viernes, 19 de agosto de 2022

¿Ya tengo 40 años?

 

Cuando era un niño feliz allá por mis 10 u 8 años e iba a un centro comercial, a la hora de pasar por caja siempre me parecía que las personas que atendían eran mucho mayores que yo. Esa sensación de que los otros eran los adultos me duró mucho tiempo. Y no sólo con las cajeras, sino con la gente en general que ofrecía algún servicio, como doctores, empleados, taxistas, etc.

 


Conforme pasaron los años y fui creciendo, aún sentía que yo era el más joven. Veía a todos con cierta admiración, elogiaba a las demás personas que podían prestarme cualquier tipo de servicio. -Algún día yo también seré grande- me decía siempre para convencerme que yo aún no había terminado de crecer.

 


Pero una mañana hace pocos años, desperté y fui al supermercado, llené el carrito de compras con los productos usuales que solía adquirir para pasar el fin de semana con mis amigos. Fui a caja y la persona que me atendió era una joven, evidentemente menor que yo. - ¿Qué está pasando? - pensé confundido.

 

No supe bien qué hacer. Después del supermercado fui al banco a tramitar mi tarjeta, y la persona que me atendió era al menos 10 años menor que yo. -Esto no puede ser normal ¿es que estoy en otro universo y no me he dado cuenta? –

 

Salí corriendo a la calle, confundido, desorientado, sin saber exactamente qué pasaba. Miré a mi alrededor y constaté lo peor que temía: todos eran menores que yo... la señora de la limpieza, el taxista que me esperaba, las parejas con hijos que paseaban de la mano, incluso la chica que me gustaba… TODOS.

 


Tuvieron que pasar muchos días para aceptar esa nueva verdad. ¿En qué momento crecí? Nunca me di cuenta, esa bofetada de realidad remeció toda mi interpretación del mundo. Ahora, el adulto, el grande, el mayor, era yo.

 

No pude aceptarlo, no podía resignarme a haber crecido. Pero no podía hacer más, así comprara todos los Transformers que no pude tener de niño y viera con mi hijo las películas que marcaron mi niñez, ya no había marcha atrás.

 

Y el tiempo volvió a pasar, de repente dejó de emocionarme cumplir años, de repente mi gata había fallecido a sus 12 años, de repente yo estaba solo, de repente Bowie había muerto, de repente mi hijo ya tenía 9 años, de repente sólo escuchaba The Cure.


 *****


Y esta mañana, abro los ojos y me doy cuenta que han pasado 40 años desde que llegué a este mundo. Me atemoriza la idea de envejecer y ser la carga de alguien más, la inutilidad física, el volverse dependiente de alguien más incluso para comer e ir al baño. Me atemoriza no poder ser consciente de partir de este mundo cuando yo quiera.

 

Temo por mi legado (por dejar uno en realidad). Temo que con cada año hay alguien menos en mi vida y no alguien más. Temo no poder ser capaz de acompañar a mi hijo cuando sea adulto y necesite un padre que lo aconseje (así como el mío me acompaña hasta ahora). Y sobre todo, temo por no poder pedir ayuda cuando realmente la necesite.

 

He cumplido 40 años. No sé si es ya el inicio del final de mi vida, o simplemente el comienzo de una vida nueva, de dejar atrás la oscuridad que me invade desde el 21 de agosto de 2000, de atesorar cada momento con mi familia, de decirles que los quiero cada vez que pueda, de abrazar a mis amigos cada vez como si fuera la última… de poder volver a amar.

 

Cuarenta años ya… volveremos a vernos 40 años después?




sábado, 16 de enero de 2021

La Carmen

Mi madre me enseñó a no hacer trampa. Tal vez ella no lo recuerde pero cuando yo tenía  6 años ella me estaba tomando la lección  y una de las preguntas era: ¿Qué es el diccionario? Yo tenía mi cuaderno al lado e intenté revisarlo para decir la respuesta, pero me descubrió y aprendí a la mala que eso no era honesto.


La Carmen representa un gran peso en mi vida. Creo que gracias a ella soy quien soy ahora. Esa mujer estuvo enseñándome (a su manera) cómo enfrentar el mundo. Por ejemplo, enseñarme a manejar bicicleta a punta de pellizcos o aprender a la mala que la comida jamás debía caerse del plato. 


Yo fui el experimento, la prueba, su primer intento de ser madre. Y quizás por eso no la pasé tan bien cuando crecía. Intenté huir muchas veces y otras tantas me encerraba en mi mundo con tal de no cruzarme con ella en la misma casa. El rockanroll a todo volumen y la puerta con llave de mi habitación eran mi único refugio cuando los castigos eran casi incontables.





Pero luego crecí, y ella creció conmigo. Ambos aprendimos de los errores y   de las cosas que no están bien. Ella tuvo la  oportunidad de ser madre más veces y estoy seguro que aprovechó cada una de esas etapas para ser cada vez mejor. Así que puedo decir con seguridad que mi última hermana conoce a la mejor versión de la Carmen hasta ahora, salvo que se anime por un descendiente más.


Pero, aunque ella tuvo más hijos, yo sólo tengo una madre, y no tuve la oportunidad de ir mejorando como ella. Aprendí de cero. Aprendí que en el fondo todo lo que hizo cuando éramos niños sirvió para algo. Porque no todos mis recuerdos son malos, muchos de ellos son tiernos y reales. 


Así que, puedo decir con seguridad que todo el amor que siento hoy por ella es real. Porque ese amor creció conmigo, y no tuve a otra persona más para dárselo. La Carmen es dueña de este sentimiento que me ha acompañado por mis treinta y tantos años . Y créanme cuando digo ella es y será la mujer más importante en mi vida.





Y claro que también la recuerdo con canciones. Tal vez ella no lo recuerde, pero yo sí. Yo tenía 5 años y mientras la Carmen planchaba la ropa, en la radio sonaba “La gata bajo la lluvia” de rocío Durcal. Y yo la miraba desde mi cuarto, hipnotizado al ver cómo la cantaba. 


Así que espero que se quede tranquila, que no tengo padres favoritos. Somos lo que somos gracias a ella.











martes, 30 de junio de 2015

Las grandes tardes de Emaús

Esto viene a complementar un post que escribí en abril  llamado Ahora soy un águila de Emaús. Curioso caso el mío. Pienso: abril. Vaya. Yo creí que me quedaría apoyando en Emaús un mes y ya me voy por el cuarto...

En fin, lo que quería hacer en esta ocasión es detallar brevemente la cotidianidad y buscar excusas para poner cosas como ésta:


Eso: Jonatan haciendo Hula-hula

He llegado a la conclusión de que en Emaús las jornadas por las tardes son tranquilas. Hay gente que viene de manera metódica a llevarse cosas para revender. Otras tantas vienen a ver novedades para el hogar. Todo funciona bien salvo cuando hay ventas especiales. Entonces es como si pasara un huracán por la tienda.



Pero, como ya lo he dicho, por lo general todo es tranquilo, rítmico y hasta un poco monótono. De eso me he enterado hace unas semanas, cuando el señor Melquiades se fue de viaje a Chile. Días en los que me aburría a morir.

¿Qué sería de mí si Melquiades no trabajara en Emaús? Probablemente ya habría dejado el puesto. ¿Quién si no él pondría Oxígeno en lugar de las cumbias que se escuchan en todos lados? ¿Quién sino él aparecería bailando hula-hula en media chamba? ¿Quién si no él pondría el podcast de las comadrejas en plena venta del martes? 

 

lunes, 29 de junio de 2015

Ceviche de comadrejas

Parece que ya asumida nuestra denominación no hay nada más que pitear. Hoy día a las nueve de la mañana las comadrejas nos reunimos para grabar nuestro programa número cuatro, el cual no estuvo exento de errores. Lo primero: mi tablet, donde solemos hacer el registro, no quiso prender. Lo segundo: intentamos hacerlo en la compu de Jonatan pero el resultado fue desastroso; mala calidad de sonido, mucho ruido de fondo y la voz de Gabriel que apenas se oía. Lo peor de todo es que de esto nos dimos cuenta recién al final, tras haber grabado ya una larga conversación de 20 minutos que se perdió para siempre.

Minutos antes de la catástrofe todo era felicidad.

Entonces, no nos quedó de otra más que volver a hacer todo de nuevo, confiando de pronto en el celular ENTEL de Gabriel y en una nueva aplicación chilena que acababa de descargar. Los resultados fueron asombrosos. No sólo la calidad sonora mejoró considerablemente sino que, al volver a grabar el mismo programa, conseguimos soltarnos más y tener una charla aún más entretenida que la primera.

Así pues -y siempre pensando en que de todas maneras necesitamos una consola y un buen juego de micros- fuimos a los agachaditos a comernos un cevichón, para festejar: suculento potaje que he de quedar perennizado en nuestros recuerdos tal cual se ve en la foto.



domingo, 28 de junio de 2015

Tour iglesias 2015

Ahora Paty y yo salimos a ver iglesias, como quien ve prospectos para nuestra próxima boda, la cual debe darse -espero- en febrero del próximo año. He aquí el detalle fotográfico que resume la jornada:




Empezamos por la San Sebastián, que era mi favorita. O, al menos, era la que prefería por tradición, ya que muchos de mis familiares se han casado ahí. Sin embargo, cuando fuimos no nos gustó mucho el fondo celeste del altar. Tampoco jugó a favor las pancartas que cubrían la fachada (la cual me parece que es la más imponente de todas las iglesias) ni el mercadillo que se había armado ahí por la celebración de la novena.




La segunda iglesia fue la San Miguel Arcángel (la basílica catedral). Me sorprendió bastante. No la recordaba tan elegante, honestamente. Nos pareció acogedora, sobria y bastante ordenada. Hasta Paty, orgullosa de su elección (ella fue la que la puso en la lista) accedió a tomarse una foto ahí.


La San Francisco era para mí una buena opción. Sin embargo, la gran aglomeración de fieles que atendían la misa nos hicieron imposible la entrada. Sólo nos quedó contemplar las instalaciones desde afuera: una iglesia pequeña pero acogedora.




La última iglesia que vimos fue la San José. Nos pareció un espacio simpático, atractivo, con el gran mérito de poseer un diseño bastante creativo, tratándose de un templo católico.Sin embargo, creo que la relativa lejanía del centro (más bien pensando en la comodidad del traslado de los invitados) nos hizo descartar esta posibilidad.

Conclusión: a pesar de que nos faltó visitar la capilla del asilo de ancianos (que era mi segunda favorita) decidimos que haremos las gestiones para que el matrimonio sea en la catedral; siempre y cuando nos dejen.

miércoles, 24 de junio de 2015

Días de junio

Mientras se termina junio debo comentar algunas cosas aún no comentadas. En principio, hace ya una semana volví de un viaje relámpago a Lima en el que no hice otra cosa más que tratar de resolver un asunto burocrático que finalmente no concluyó en nada. Así que, ingrátamente, los únicos recuerdos que tengo de mi viaje son: un buen sentón en un micro por las calles del centro, una búsqueda implacable en las galerías de Wilson por un servicio que todos desestimaban y un dolor de piernas atroz debido a una jornada de 32 horas de viaje (Piura-Lima-Piura) en bus.

32 horas de viaje

Bueno, bueno... para ser honesto tengo dos recuerdos que rescataron en parte este viaje. El primero es que conocí a un joven escritor llamado Lenin Heredia, con el que compartí una amena charla en una céntrica cafetería. El segundo es que pude pasar algún tiempo con mi padre, con quien no suelo tener mucho contacto.

Ya de vuelta a Piura me encargué de recoger unos libros de la casa de una amiga que me los ofrecía como donación para unos eventos que habíamos planeado como editorial. Desgraciadamente, me fié de mis propios medios y pensé que podía traer a casa todos los volúmenes usando un carrito de almacén. Grave error. Los libros se caían con cada bache haciendo del traslado un suplicio.

Así llegaron.

Así los ordené.

Por otro lado, ayer nos dimos el tiempo para poner en marcha un proyecto que ya veníamos maquinando hacía algunas semanas. Y es que, tras una reciente experiencia radiofónica protagonizada por el señor Chunga, surgió la idea de hacer una serie de podcast: lo que se resume en grabarnos -los cuatro editores de este blog- hablando huevadas temas variados todas las semanas.

Ayer hicimos el piloto. A juzgar por los resultados, me parece que vamos a darle continuidad. De hecho, hasta hemos pensado en el nombre para el programa: "Comadrejas", idea que surgió en honor al animalejo que compartía créditos con el Gallo Claudio de los Looney Tones (estábamos viendo un capítulo mientras hablábamos del podcast) . 

Contagiado del entusiasmo, comparto una idea para el logo. Idea, nada más:

Suicidio animal masivo

Esto ha sido horrible. Ayer, como una maldición -voy a pensar que ha sido así-, he visto más animales atropellados en un solo día que los que veo en todo un año. 

Muerte en las pistas

Si tengo que hacer cuentas apuntaré que he visto una ardilla, una paloma, dos gatos y dos perros; todos en distintos estados de rigor mortis. Por ejemplo: la paloma y la ardilla practicamente ya estaban fundidas con la pista. El primer gato -que vi en la mañana al salir de casa- también estaba así, salvo que con la cola parada aún meneándose con el viento.

Por la tarde vendría lo más feo. En berma de la avenida Panamericana me encontré con un gato partido en dos, cuyos intestinos yacían desparramados por varios metros del lugar de su muerte. Debo decir que por un azar del tráfico mi moto debió pasar entre el espacio que había quedado entre las dos partes del cadáver. 

Más allá, sin embargo, había un perro que estaba en las mismas condiciones, salvo que me pareció que intentaba moverse con sus dos patitas delanteras entre camiones y combis que pasaban raudos por todos lados. Ya un poco perturbado, sólo me quedó desear que pronto llegue algún tráiler y termine de aplastar al animal para que acabe con su sufrimiento.

Llegando a casa de Jonatan trataba de recuperarme de aquellas horribles imágenes cuando a un lado de la pista encontré otro perro con la cabeza aplastada. ¿Qué carajo pasó ayer? ¿O es que los conductores estuvimos más descuidados que otras veces o es que hubo un suicidio animal masivo impulsado por alguna fuerza natural desconocida?

No sé. Venía regresando hoy a casa y pasé por el lugar en donde el día anterior estaba el perro que aún se arrastraba torpemente. Lo encontré ya convertido en una alfombra de pelos marrones y huesos triturados y pensé que esto sería una buena entrada para el blog.

jueves, 28 de mayo de 2015

Escribo que escribo...





"Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo".

Salvador Elizondo. El Grafógrafo.


Revisando ayer el blog me di con la sorpresa de que el enlace a las entradas de mi supuesta autoría llevaba a la imagen que encabeza este post. El infame meme del hombre araña sesentero sentado en su escritorio, masturbándose, like a boss.

Lo vi y reí por buen rato. Luego reflexioné. Luego reí nuevamente. Y así.

Y sí, ya mucha vuelta he dado entre que escribo y no, entre que borro borradores y empiezo nuevos posts que dejo en blanco. Así, el meme de spiderman ha terminado siendo la excusa perfecta para animarme por fin a redactar lo que sea y limpiar la imagen mental que deben tener de mí mis compañeros de blog. Agradezco por tanto al gracioso que anda metiendo mano en la plantilla y lo invito a redireccionar el enlace a la etiqueta adecuada. La imagen de todas maneras ya ha quedado sintetizada en estas letras.

lunes, 25 de mayo de 2015

Crónica de una instalación fallida 2

Declaro que el día viernes 22 de mayo de 2015, a las 11am, ¡por fin! nos instalaron un paquete de internet, luego de todas las penurias descritas en un capítulo anterior.

Detalle de los aparatos instalados por Claro.

No fue fácil. Ni siquiera resultó serlo la firma de la conformidad del montaje de los aparatos: en confusas circunstancias, tuve que hacerme pasar por el esposo de mi futura suegra, aquella que finalmente prestó su nombre y su honor para encubrir una serie de operaciones un tanto informales por parte nuestra y de la compañía de teléfonos.

Bien, vamos al detalle: Tras fracasar todas y cada una de las múltiples solicitudes a Movistar, Patricia decidió que Claro era la voz. Sin embargo, cuando consultó por el paquete de internet, cable y un innecesario teléfono, le dijeron que no podía firmar ningún convenio porque el “sistema” no la dejaba.

Nos preguntamos de qué se trataba, estando ella laborando para una entidad financiera, con un historial crediticio impecable y un sueldo que podía costear tranquilamente el servicio. No obstante, hecha la solicitud, otros vendedores del paquete no perdieron tiempo para rescatar tema. Llamaban día y noche, revisando una y otra vez la solicitud, hasta que llegaron a la conclusión de que Paty debía pagar una garantía de 500 soles, más la instalación y tres cuotas por adelantado.

Ante el desconcierto, una buena mañana Paty fue a la central de Claro y decidió hablar con una señorita en plataforma que -según el cuadro en la pared- era la colaboradora del mes. Paty no lo pensó dos veces. Lo dijo: “Si alguien en esta empresa puede solucionarnos el problema es esta chica”. Así, pues, a través de ella se descubrió qué era aquello que impedía que Paty contratase un servicio “tri-play” como cualquier persona excepto yo: hacía un año, había deshecho antes de tiempo un contrato con la empresa y, por tanto, se había hecho acreedora de una de esas penalidades que no solemos darle importancia hasta que caemos de nuevo en las garras de los mismos sinvergüenzas.

Veredicto: Paty no podía contratar ningún servicio por 24 meses.

Sin embargo la colaboradora, que no es tonta y por algo se había ganado su título del mes, le propuso a Paty que buscara a otra persona que prestase su nombre para solicitar el servicio.

Entonces en poco tiempo encontramos a la candidata ideal para estos menesteres: mi suegra, una mujer mayor de 65 años que no trabajaba hacía treinta años y que no poseía propiedades ni ingresos por renta de ninguna categoría. Naturalmente, el sistema aprobó un crédito para ella de inmediato.

Este aparato no sé qué es

Los señores de Claro instalaron el servicio tan rápido que a Paty no le dio tiempo ni de avisarle a su mamá y tuvo que hacerse pasar por ella para coordinar la recepción de los equipos; lo que decantó, de un momento a otro en el que Paty tuvo que salir de forma intempestiva, en que sea yo quien acabase por dar la conformidad de la instalación vía teléfono, fingiendo ser el esposo de mi suegra.


Okey. Si yo soy mi propio suegro…  Paty debe ser… ¿mi hija?

Esta historia no acaba así. El final de todo esto viene con el siguiente remate; tan inverosímil que mejor digo que me lo he inventado para evitar dar mayor explicación:

Resulta que, luego de que los señores de Claro se retiraran de nuestra casa dejando todo instalado, el celular de Paty suena. La llamaban de Telefónica anunciándole que ya han ampliado sus servicios en la zona en la que vivimos. Ahora sí pueden atender su pedido. De hecho, pueden ir de inmediato. No habría que pagar nada.

Paty creyó por un instante que estaba en una cámara escondida. Luego recrodó todo el trajín, sonrió y colgó el teléfono.